Ya he dicho antes que hoy existe un mundo de diferencia entre los juegos que acostumbraban jugar los niños de los años cincuenta a los que están en boga hoy entre los niños de la actual generación.
Me interesa pués señalar con el mayor detalle posible las formas y materiales de los juguetes de aquel entonces, la mayor parte de ellos de tipo artesanal y construidos laboriosamente en casa con ayuda de los padres, primos y hermanos mayores, casi todos con materias primas de uso común que no generaban gastos especiales para los padres. Hacer presente además que varios de ellos no se vendían en los comercios porque no estaban industrializados y otros que sí estaban casi ningún padre obrero o de clase media podía adquirirlo por lo que preferían fabricarlo caseramente.
La experiencia la relato desde el punto de vista de los niños chilenos de la provincia de Concepción. Y lo hago porque en Penco donde vivía, fuí junto a mis amigos de la pandilla del zorro, un asiduo participante de todos estos juegos infantiles y de tradición popular.
CORRER EL NEUMATICO Y EL SUNCHO:
Este juego consistía en hacer rodar un neumático dándole impulso con la mano y corriendo a su lado para irlo direccionando. Era muy divertido hasta que había que detenerlo. No siempre era posible hacerlo con las manos, tanto por la velocidad alcanzada, en el caso de las cuestas, como en los imprevistos; el choque con una piedra o alguna elevación del terreno, lo que hacía que el neumático quedara fuera de control. Lo peor era que chocase con alguna persona o la vidriera de algún negocio.
Lo incómodo, especialmente si era un neumático de camión o de camioneta era volver a casa con él, particularmente si se había recorrido un buen trecho Era fastidioso traerlo rodando porque ya se estaba agotado por el ejercicio y necesariamente para hacerlo rodar había a lo menos que trotar. De lejos uno sabía si un niño iba de regreso a casa porque caminaba a paso lento y llevaba el neumático al hombro.
El Suncho o Zuncho, era una circunsferencia metálica que se conoce como abrazadera que venía con los barriles de madera, muy populares en esa época para trasladar toda clase de líquidos, especialmente vinos. Su función era prensar y mantener unidas las tablas ensambladas de que estaba hecho el barril.
El Suncho tenía el mismo principio de correr el neumático, pero para conducir este gran aro se usaba generalmente una vara de madera, pero era más seguro para un mejor control usar un alambre entrelazado de más o menos un metro de largo. O bien, una varilla de fierro delgado con un gancho en la punta en forma de U, pero en ángulo recto que engarzara el diámetro de la lámina del suncho.
Con este soporte se empujaba el suncho y se podía controlar su velocidad y también pararlo o lograr su cambio de dirección. Eran frecuentes las carreras de sunchos donde por supuesto ganaba el jugador más ágil y rápido, pero el mérito se lo llevaba el suncho y era frecuente escuchar. Fulano de tal tiene un buen suncho.
También era increíble la habilidad que algunos alcanzaban para subir o bajar escaleras, correr en medio de un gentío y atravesar calles y plazoletas sorteando todo tipo de obstáculos, incluso saltar con una técnica de boteado por sobre muretes, setos y grandes piedras.
Este juguete no se prestaba y se guardaba celosamente en algún escondite fuera del alcance de los padres que siempre querían deshacerse de él y se usaba en solitario, cuando uno estaba aburrido o no había juegos colectivos. Tampoco podía usarse de noche o a la hora de la siesta porque el aro de metal corriendo sobre el pavimento producía mucho estruendo y los vecinos reclamaban.
LAS CHALACAS:
Consistían en una tabla ensebada, que podía confeccionarse al gusto de cada cual. Las había redondas, rectangulares o cuadradas. Lo importante era que fuesen de una madera gruesa y curvada. La idea era sentarse encima y mantener las piernas dobladas. Para ese efecto se clavaba un listón que servía de contención donde se ponían los pies. Usualmente tenían un agujero en uno o en ambos costados donde manualmente se introducía un trozo de cañería de metal o madera resistente para provocar ligeros giros a derecha o izquierda y ayudar a detenerla, procedimiento que se completaba con los pies, más bien con los tacos de los zapatos.
Se usaban en las pendientes de los bosques, que estaban tapizadas de hojas de pino y para que corriesen mejor era necesario pasarles repetidamente por el lado que tocaba el suelo cera obtenida de las velas comunes. Había quienes usaban otros aceites o grasas para facilitar su deslizamiento.
Este juego era bastante incierto porque había largas laderas, a veces de casi una cuadra o más de largo que presentaban empinadas pendientes con ligeras curvas. Era muy frecuente que las chalacas, que conseguían mucha velocidad no lograsen obtener la inclinación necesaria para continuar en el carril correcto y la consecuencia era el desbarrancamiento de sus conductores y sus vehículos, con consecuencias que iban desde ligeros rasmillones en manos, rostro y rodillas, hasta esguinces y quebraduras de huesos.
LAS PATINETAS O PATINES:
Antecesoras del Scooter moderno, pero confeccionadas de madera y con ruedas de patín u otras, de diferentes tamaños, que hacían que fuese más o menos veloz, se usaban preferentemente en las avenidas en pendiente. En el caso de Penco, donde las usábamos, zona de cerros y bosques por excelencia las calles en bajada eran numerosas. En el caso de la calle principal de la Refinería de Azúcar (CRAV) había una pendiente con un par de curvas de cerca de dos kilómetros de largo en franca bajada.
Los sábados en la tarde, era un verdadero espectáculo observar como docenas de niños y muchachos de diversas edades bajaban en sus vehículos por esta calle. Algunos venían de muy arriba y otros se iban agregando frente a sus casas, sea en patines tradicionales en ambos pies, patinetas hechizas, bicicletas y viradoras.
Era frecuente que las aceras de esta calle se repletaran de curiosos, casi todos residentes en el sector y familiares de estos muchachos que avivaban a los participantes y celebraban con grandes risas los apuros, choques y caídas que inevitablemente se producían a cada momento.
Dado lo largo de este recorrido y lo empinado de la pendiente era muy facil desarrollar una velocidad media de cincuenta kilómetros hora, lo que hacía extremadamente peligrosa esta cuesta resultando muchos de nosotros lesionados y hasta fuimos testigos de un desgraciado accidente donde resultó muerto uno de nuestros amigos de apellido Stowhas, hijo de Ema Stowhas.
El gran obstáculo era que viniera un auto o peor aún un camión en sentido contrario. Eso hacía que forzosamente todos los corredores tratasen de detener sus vehículos, a veces con resultados desastrosos.
LAS VIRADORAS:
Las viradoras eran en principio cajones azucareros de madera, a los que se les ponía ejes y ruedas (dos ejes y cuatro ruedas) , más una pértiga de un metro de largo, como los carretones de caballo, donde en su punta se atravesaba otro palo en cruz con una o dos pequeñas ruedas. Este carromato pequeño, usaba además para hacerlo más práctico unos tiradores de cordel o alambre parecidos a las riendas, amarrados a la cruz, que tirándolos con las manos, sea a izquierda o derecha, permitían doblar y hacer maniobras.
Los había de diversos tamaños y con sistemas rudimentarios de frenos. Unos eran solo tablas lisas, tipo chalacas y otros tenían protección por los lados o barandas.
En los volcamientos, estos vehículos de ruedas eran los más perjudicados porque su armazón casi siempre resultaba dañada o totalmente destrozada y era común ver a un compañero con los restos de la viradora en sus brazos y llorando a gritos por la pérdida de su juguete, pero más bien, pensando en la reprimenda sino paliza que le daría su padre en casa, ya que a todos se nos tenía prohibido participar en estas carreras.
viernes, 23 de marzo de 2007
viernes, 16 de marzo de 2007
lunes, 26 de febrero de 2007
Fuí felíz a los diez años
Ahora que el atardecer de mi vida me permite reflexionar más sobre mi mismo quizás por efecto de maravillarme de seguir vivo, teniendo - como he sabido últimamente-, tantos condiscípulos y amigos de juventud que han dejado esta tierra, me ha dado por recordar cosas que creía sepultadas para siempre, poco importantes tal vez o que en su momento no me parecieron relevantes. También recuerdo a mi padre, ya muerto, inevitablemente ligado a todas éstas reminiscencias al que ahora vengo a entender mucho mejor de lo que lo hice cuando aún estaba con vida.
FOTO DE MI PADRE DE JOVEN. LA UNICA QUE CONSERVO.
En estas reflexiones la pregunta que me asalta es, ¿qué consideraba yo importante en ese tiempo?. Pienso que fueron los sucesos, el resúmen de las cosas rutinarias que me gustaban o me desagradaban. El ir de compras a la pulpería con mi madre, donde yo sacaba disimuladamente dos o tres huesillos de los sacos rotos por donde asomaban tentadores, los correazos de mi padre cuando llegaba ebrio en las noches, la mala nota de la prueba de aritmética, los trozos de charqui de caballo que subrepticiamente sacaba de la despensa , el permiso para andar en bicicleta, para elevar mi volantín chupete, en fin las cosas sobresalientes del día a día.
Bien, ahora que ya no soy un muchacho ni mucho menos, mis reflexiones me han llevado a fijar y recordar en detalle aquellas vivencias. Me acuerdo nítidamente de los hitos que me marcaron como niño en mi relación parental, escolar, sentimental o fraternal, pero ahora también acuden a mi mente retazos de conversaciones triviales, con el Willy por ejemplo, cuando sentados en la acera opinábamos sobre boxeo, ya que su padre una década atrás había sido un cotizado deportista, campeón de algo, el famoso Peneca Rivera. Digo ésto porque el Willy me mostró los recortes que su padre atesoraba prolijamente archivados en un maletín en el entretecho de su casa, que como todas las viviendas de la calle Max Grissar, era aprovechado como desván.
Al igual que en mi casa, la familia Rivera accedía al lugar por una abertura en el cielo raso del baño, donde se colgaba una escala de mano. Si alguien retiraba la escalera no había forma de bajar. De ahí que este estrecho y largo cuartucho, generalmente emparedado con planchas de madera terciada para que no resultara tan inhóspito y que se prolongaba a lo largo de toda la vivienda, fuera muy usado para los castigos, además de servir para guardar los trastos.
Allí me confinaban mis padres cuando cometía diabluras y todos mis amigos compartían esta misma experiencia en sus casas. Si no era allí, era en la temida carbonera, pieza hechiza al fondo del patio generalmente anexa al gallinero, donde se guardaban los sacos de carbón de piedra y la madera de eucalipto para la chimenea y la cocina a leña.
En esos tiempos, todas las casas tenían una gran cocina de fierro forjado que funcionaba en base a fuego. Se prendía con madera y sobre los trozos incandescentes de ésta se colocaban las piedras de carbón negro de la mina de Lirquén cercana. Las carboneras eran para nosotros lo que para los reos la celda de castigo.
Ubicadas al fondo de patio, sumergidas en la oscuridad, ya que hasta allí no llegaba claridad del escaso alumbrado público de ese entonces, era para nosotros un destino insufrible. Cuántas veces mi padre me arrastró hasta allí tironeándome de una oreja, a trompicones por el jardín para lanzarme con una patada bien puesta en el poto entre los sacos de carbón, poniendo luego candado por fuera al cobertizo.
Sentado en la oscuridad, sollozando, sintiendo el ulular del frío viento del invierno sureño, había que esperar que pasase el mal humor de mi viejo, generalmente bajo la presión contemporizadora de mi madre, para que el castigo no excediera de tres o cuatro horas o toda la noche como ocurría a veces.
Con el tiempo este castigo dejó de ser temible, especialmente porque de a poco fuí perdiéndole el miedo a la oscuridad y a la soledad. Creo que incluso me resultaba entretenido, porque apenas aterrizaba en la negrura de la carbonera, siempre impelido por el certero puntapié de mi padre, me apresuraba a retirar un trozo de lata, que a manera de parche ocultaba un hueco, por donde me deslizaba al gallinero contiguo.
Allí se me quitaba la pena. Ya el gallo era mi regalón, lo mismo las dos pavas y las dos docenas de gallinas que siempre había en existencia, esperando ser cazueladas cualquier sábado, cuando se recibían visitas de la parentela o las amistades.
Yo mismo había construido con varas de eucalipto un entramado tipo escalera doble, de más de un metro de alto, que afirmado oblicuamente contra una de las paredes servía de posadero a todas las aves, ya que no dormían como yo pensaba dentro de los cajones que les habíamos acomodado y de donde cada mañana retirábamos los huevos recién puestos.
En los primeros tiempos mi presencia espantaba a las gallinas. Gritaban y corrían aleteando desaforadas por el recinto chocando con los obstáculos mientras el señor gallo me rodeaba amenazante, con las alas abiertas tratando de picotearme. Pero, luego se acostumbraron a verme por allí y me recibían como otro miembro más del gallinero.
Yo me acomodaba entre los palos, cuidando de no pegotearme con caca de gallina que es sumamente pasosa e iba tomando de su atril una a una mis gallinas favoritas, poniéndomelas en los hombros, mi regazo, mis piernas y sobre la cabeza, acariciándolas. En eso me entretenía y realmente gozaba la compañía de mis tiernos plumíferos que se acurrucaban contra mí, ponían sus cabezas bajo las alas y se dormían, mientras yo combatía los calambres y los dolores que me producía el mantenerme quieto tantas horas.
Mucha gente nunca me creyó cuando yo contaba esta historia, me decían que no era posible que una gallina se parase en la testa de un humano. He buscado algunos ejemplos o más bien fotografías para despejar definitivamente las dudas de quienes piensan de esta manera. AQUÍ VA UNA.
Siempre que me juntaba a solas con el Willy hablábamos del mismo tema. Ibamos a su casa y me mostraba recortes del VEA, de la Revista Estadio, del Diario El Sur de Concepción, del Almanaque de Ferrocarriles del Estado, donde mencionaban los triunfos boxeriles de su padre, sus giras, sus títulos de campeón. Y yo creo que el Willy lo hacía para que le tomásemos respeto y no nos metiésemos con él, para que no lo desafiáramos a pelear, para hacernos creer que así como su papá él también era un gran peleador. Pero eso no le resultaba porque todos los del barrio sabíamos que la Tola, su hermana mayor, cuando se peleaba a combo limpio con él le ganaba, lo hacía huir y lo dejaba llorando.
La Tola era dentro de la población muy solicitada. Todos querían pololear con ella. Andar con ella, salir con ella. Digo los cabros más grandes, como el Ugenio, o el Colorao, que era un primo del Willy, que junto a su padre, el Colorao grande, se alojaba una o dos veces al año en su casa, para las fiestas del 18 de septiembre y en Pascua.
Nosotros admirábamos a esta pareja de padre e hijo. No tan solo porque venían de Santiago, sino porque ambos vestían terno y porque eran vendedores y se dedicaban a los negocios. Fabricaban y vendían un producto casero inventado por ellos. Desinfectante para los urinarios.
Yo recuerdo que el Guillermo y yo, siempre que podíamos, les sacábamos de sus maletines de viaje muestras del producto. Unas barritas azuladas que expelían muy buen olor.
Yo se las ponía a los floreros de la iglesia cuando oficiaba de sacristán, porque el olor de las flores y en especial del agua de los floreros me enfermaba hasta hacerme vomitar. Era la única forma de soportar sin náuseas las dos horas que pasaba cada domingo entre la iglesia y la sacristía, sea para prepararle las ropas de la liturgia al cura Fuentes, echarle incienso a los incensiarios colgantes que también me daban asco, hasta llegar a mitad de la misa a pasar el saco de la limosna entre los concurrentes que era fundamentalmente mi interés personal, ya que me las arreglaba para que a lo menos un peso se trasvasijara al bolsillo de perro de mis guardapeos. Eso me hacía felíz y me pagaba con creces todos los sinsabores y afanes dominicales porque me aseguraba la entrada para la matiné de la tarde.
Había otros acólitos que me hacían la competencia, el mundo Buhólzer, el Noly Careaga, hermano de la Rosita Careaga una de mis novias sempiternas. Claro que ella no siempre lo sabía. El Pichula Moreno, el Nono Bustos, el Fernando Pardo, hermano del vaca Pardo y varios otros, que vivían en la población refinera de los que no me acuerdo sus nombres, pero con quienes nos diputábamos el saco de la limosna para contarlo a solas en la sacristía.
A veces éramos dos los que corríamos la bolsita de género entre los fieles. Un óvulo para la vírgen.
Un óvulo para la virgen. Gracias, Dios se lo pague.
En esos años los pesos eran de cobre, de cobre chileno por supuesto y eran unas monedas grandes, muy cotizadas que alcanzaban para varias cosas. Da risa pensar ahora en un peso actual. No sirve casi para comprar nada, tal vez una pastilla.
Tener uno era como ser rico por un día: ticket de matiné y golosinas; chilenitos, mazapanes o un gran alfajor, quizás incluso una bilz. Un peso en el bolsillo pequeño ese de seguridad, de tapa y abotonado cerca de la ingle derecha de los pantalones de moda - los guardapeos- , de gruesa franela y elasticados en el tobillo era la muerte misma.
Ignoro que sienten ahora los peques cuando sus padres los llevan al cine. Frecuentemente los miro, me doy vuelta en mi butaca y ausculto sus rostros y trato de imaginarme sus pensamientos, sus sensaciones. Observo de reojo a mis hijos al lado mío, pero no puedo captar nada que me recuerde al estado emocional que nos identificaba a los niños de entonces.
Esa cara radiante, bobalicona pero inundada de felicidad, que hablaba por si sola de la fascinación que tenía para nosotros el cine y toda la parafernalia que rodeaba cada función. Todo era novedoso y hasta peligroso, como por ejemplo el acto de sentarse en la butaca.
No era solo cuestión de acomodarse, había que voltear el asiento y colocarse rápidamente encima antes de que merced a sus poderosos resortes de acero volviese a su lugar. Para los adultos no era problema porque lo sujetaban con una mano mientras se acomodaban para sentarse, pero para nosotros los niños era una especie de trampa fatal.
Si lo bajábamos y no nos sentábamos en el acto, ya no estaba el asiento y uno pasaba en banda directo al piso, ante las risas de los que se percataban. Lo peor era que no era facil pararse porque el piso de toda la platea era en pendiente y las hileras eran tan apretadas que para pasar entre dos filas había que hacerlo de lado. Por tanto cuando uno caía al piso rodaba e infaliblemente se colaba bajo la butaca delantera.
Estas vergonzosas caídas producían todo tipo de confusiones. Primero la alarma de los padres que se asustaban cuando uno desaparecía lanzando un grito. Después venía el tironeo para sacar al chico desde la incómoda posición en que estaba bajo los asientos. Ahora si la caída era cuando las luces estaban apagadas el bochorno crecía de proporciones y amenazaba con convertirse en tragedia, pués no faltaba la jovencita o la señora madura del asiento bajo el cual uno se encontraba, que al sentir un roce o los ruidos lanzaban un histérico chillido temiendo que algún malandrín intentaba robarles la cartera afirmada entre las piernas, o que algún degenerado les estaba corriendo mano.
Eso daba para que se prendieran las luces y los celadores te alumbrasen con los poderosos focos de sus linternas. Recobrada la calma y dadas las explicaciones venían los pellizcones de tus padres y la amenaza al oído con voz silibante.
Vas a ver lo que te va a pasar en la casa cabro de mierda, por hacernos pasar esta verguenza.
Lo más seguro era montarse rápidamente de rodillas arriba del asiento, sentarse al voleo y pese a que uno no alcanzaba a poner los pies en el piso, tratar de mantenerse bien equilibrado en el centro mismo, apretando firmemente ambos brazos de la butacona maldita. Y desde luego no bajarse más del asiento durante la función.
Los niños de hoy, al menos los de Australia, solo están preocupados de tragarse rápidamente una bolsa gigantesca de palomitas de maíz, bastante desabridas ya que aquí para felicidad de los comerciantes impera la restricción de la sal para todo tipo de comidas y de no voltear el también monstruoso vaso de Coca Cola en las cabezas de los de la fila de adelante. Si ésto ocurre, basta decir Sorry, que es como una palabra mágica. Te empujan escaleras abajo y el autor del desaguisado te mira hacia abajo y con ademán displicente solo dice Sorry. Te pegan un codazo, desde luego casual, que casi te destempla los dientes y la palabra es Sorry. Te atropella un imbécil descuidado y por mucho que estés aún obnubilado en el pavimento tratando de recobrar los sentidos, no dejas de oir a lo lejos, casi como un susurro que el viento arrastra, el grito del conductor lanzado por la ventanilla del auto, Soo-rryy mate.
Eso era lo único malo de ir al cine. El resto, que te compraban maní tostado, o un cucurucho de cartón de piñones hirviendo todavía, o castañas de esas harinosas y dulcecitas, o calugas Serrano de las más caras. Eso era miel sobre hojuelas.
Luego venía el suspenso de las luces. Se empezaban a apagar de a poco. Primero las de la galería y luego las de platea. Ya sabíamos que vendría el tremendo abucheo del público, apenas empezara el único noticiero del Teatro CRAV, uno de España, con bandas militares y muchos tambores y cornetas que ya todos nos sabíamos de memoria y que a pesar de ello producía muchas risas por ese hablar tan divertido de pronunciar las eses por zetas de los españoles.
En ese tiempo creíamos que el General Franco debía no solamente ser el Jefe de Estado de España sino que por lo que veíamos algo así como el Atilade las Uropas. El caudillo del universo porque en las escenas todo el mundo lo aplaudía, lo felicitaba, le arrojaban flores. Era emocionante el amor que el pueblo sentía por ese hombre de apariencia insignificante. No se comparaba con el recibimiento que en Chile se le entregaba al Presidente de la República.
Pasaron años antes que entendiéramos que los tiranos se rodean de cobardes genuflexos y aduladores para crear un ambiente de admiración y respeto, que el verdadero pueblo nunca ha sentido con sus verdugos.
En las tardes de los días de la semana, después del almuerzo y la siesta obligada de los mayores, se salía a la calle, con permiso o sin permiso.
La calle era para nosotros la vida misma. La calle y el bosque. Desde el mismo instante en que lográbamos salir de nuestras casas, que las sentíamos a esa hora como verdaderas prisiones, nos embargaba una especie de vértigo, de plena felicidad, de ganas de vivir aventuras.
El solo hecho de respirar el aire marino de Penco, de mirar el verdor de sus bosques de pinos que empezaban exactamente donde terminaba el patio de las casas de nuestra calle y se extendía por cientos de kilómetros hacia todos los lugares donde no estaba el mar, nos entregaba una sensación de poderío, de saber que no cualquiera podía encontrar los senderos del sotobosque virgen, con árboles cuyas ramas jamas nadie había podado y que llegaban hasta el mismo suelo, de salir ileso de los innumerables peligros que escondía, de caminar por sus intrincados laberintos donde generalmente nunca llegaba la luz del sol por la cerrazón de su ramaje.
Ese era nuestro territorio. Lo habíamos explorado cientos de veces, habíamos marcado los lugares por donde se era viable avanzar. Teníamos cada uno senderos abiertos a golpes de hacha por nosotros mismos hasta llegar a los cortafuegos, por donde se podía caminar y orientarse. También habíamos descubierto los pasadizos o huellas de los leñadores, de los que cortaban ramas de pino y sacaban piñas para venderlas a los que tenían chimeneas.
Conocíamos por donde entraban y se perdían los cuidadores de caballos y los vaqueros, que arreaban sus vacas lecheras buscando pastos tiernos, seguidos de sus perros maestros. De los cazadores de pájaros, que tendían sus trampas en los claros del bosque, cerca de las pozas de agua, de los maquis, de los multillares y la mora.
Sabíamos evadir a don Pará, el hosco y temible guardabosques, un huaso bruto que administraba los bosques de los fundos del sector. De Coihueco, de Cosmito, de la Refinería y de la Fábrica de Loza, entre otros, quien con cinco perros perdigueros, una escopeta de doble cañón del doce, grandes espuelas y un rebenque para domeñar a su caballo percherón, era como un azote infernal del que había que huir, disimularse en la copa de los árboles, encharcarse en las ciénagas o correr desaladamente por los senderos existentes hasta casa, para no ser olidos y perseguidos por los perros de su jauría.
De él se contaban historias terribles en el pueblo. Que tenía pacto con el diablo, que él y sus perros eran los responsables de varias muertes de gente encontrada en los bosques despedazados por las aves y animales, que los pacos temían encontrarse con él, que no había nadie que pudiera voltearlo de su caballo en una pelea o en un rodeo.
Años después, supimos por una información de prensa aparecida en el Diario El Sur de Concepción, que había sido detenido por incesto al ser denunciado por su esposa, una especie de bruja que a veces veíamos comprando en el mercado, que aseguró que su esposo violó y mantuvo como concubinas a sus cinco hijas, teniendo varios entenaos ( hijos) en ellas.
Nuestra intuición de muchachos, la convicción que On Pará era un mal bicho, cosa que nunca creyeron nuestros padres cuando les contábamos algunas aventuras, se vió plenamente confirmada con este suceso.
Sabíamos cazar con nuestras hondas y con nuestros conocimientos para hacer trampas para pájaros. Nuestra certera puntería, la calidad de nuestras armas de combate y el intenso entrenamiento diario nos hacía prácticamente infalibles...Aún ahora me admiro de como aprendimos tantas cosas, a comer del bosque, de sus animales, de sus aves, de sus productos naturales. Conocíamos todas las vertientes vírgenes, esos chorros de agua pura y helada que venía del centro de la tierra donde apagar la sed. Las lagunillas y los tranques escondidos en la soledad de los montes donde bañarnos. Sabíamos en que tipo de aguas podía haber cueros y sanguijuelas. Donde bebía la huiña y habitaban los coipos. Teníamos minas secretas de greda azul, de greda roja y de greda común, esa plomiza que está desnaturalizada por el contacto con la tierra virgen, de donde sacábamos el material para construir nuestros proyectiles, las bolitas de barro que amasábamos con las palmas de las manos hasta darles el tamaño y la esfericidad que acomodaba a las cuereras de nuestras hondas y que secábamos al calor del sol subrepticiamente en los techos de nuestras casas.
Sabíamos andar por la copa de los árboles y avanzar varias cuadras hasta traspasar el obstáculo que nos desviaba de nuestro destino: sectores bajos, montículos de matorrales muy tupidos de espinos, manchas de zarzamora silvestre, pinares antiguos de duras ramas entrelazadas donde no entraba el filo del hacha o los cuchillos, zonas pantanosas y peligrosas por los mosquitos y las espinas escondidas en el lecho fangoso.
A falta de lianas como las de la selva de Tarzán, otro de nuestros héroes, cortábamos de raíz las ramas de ciertos árboles, desde el suelo hasta una altura de más o menos quince metros, escogiendo los que estaban en la cima de un montículo o al pié de una profunda cañada y solo dejábamos una, la más gruesa y firme a una altura de diez metros. Allí amarrábamos una larga cuerda de cáñamo cuya procedencia era de las bodegas de la Fábrica Crav y en el terminal de la soga que llegaba a la altura de nuestras cabezas, le amarrábamos un palo de eucalipto tipo trapecio del que nos colgábamos y luego con un buen impulso literalmente volábamos alrededor del árbol, teniendo a nuestros pies el precipicio.
O bien, raleábamos las enmarañadas ramas de los pinos insignes, de pinares de treinta o cuarenta metros de altura donde moraban las cuncunas; la madre de culebra , el más grande de los coleópteros que conocíamos y estaba el área de apareamiento donde volaba la mantis religiosa y ahí construíamos un sendero aéreo de dos o tres cuadras en dos o más direcciones, que consistía en espacios sin ramaje que dejábamos a media altura de cada árbol, donde podíamos caminar erectos y avanzar sin grandes dificultades por las gruesas ramas comunicantes que dejábamos para el efecto, una más abajo para pisar y otra más arriba para afirmarnos, a no menos de veinte metros de altura. De más está decir que estas obras de ingeniería en que participábamos siete a diez integrantes de nuestro grupo, La Banda del Zorro nos tomaba varios meses donde cada cual pasaba peripecias y aventuras para sacar los cuchillos cocineros y el hacha con que se cocinaba y partía la leña en nuestras casas y no pocas caídas, rasmillones y sobre todo picadas de cuncuna que enronchaban por dos o tres días nuestras manos, cuello o rostro.

Mis hijos hoy son fanáticos de los juegos y entretenimientos caseros. Televisión, consolas de juego, cámaras, computador, etc. A pesar que tienen bicicleta, skaterboard y scooter casi no salen a la calle. A lo más a saltar y botear en la cama elástica del patio. El resto de su tiempo está dedicado a los juegos de armar interminables construcciones de piezas Lego, que inundan todos los rincones de la casa. De allí salen esos castillos, remedos de maquinarias pesadas, puentes, figuras monstruosas y seres espaciales que cada cierto tiempo van sufriendo transformaciones, sea porque nos hacen tropezar y quedan irreconocibles o porque sus piezas van a integrar la construcción de un nuevo mecano.
Pobres de mis hijos, que en esta cultura australiana nunca van a saber jugar a los juegos de antes que tantas emociones y satisfacciones nos proporcionaron a tantas generaciones. Jamás se les ocurriría construir un trompo casero, que después de mucho esfuerzo de cuchillo, limar y lijar aparecía de un trozo duro de buena madera importada. Yo tuve varios trompos, algunos los hice y los otros eran trofeos de guerra, producto de las apuestas acerca de cuál trompo era mejor.

El juego consistía en hacer sobre la tierra un círculo perfecto con la soguilla, de más o menos un metro y medio de circunsferencia y allí echar a correr los trompos. Diez, doce y hasta quince trompos de todos los portes y tamaños oscilaban zumbando sobre sus afiladas púas de acero fabricadas de gruesos clavos. Estos trompos de combate, como los llamábamos tenían una púa especial. Les habíamos sacado la original y puesto en su lugar un gran clavo de acero del más duro, el cual limábamos prolijamente para aguzar su punta. Teníamos otros trompos para entretenernos, para lanzarlo al aire y recibirlo en la palma de la mano, para hacer avanzar una moneda o una chapita, pero éste el de combate, era solo para este juego del ruedo.
El trompo que salía del círculo, sea porque rozaba con otro o perdía la fuerza de su giro, era rápidamente tomado por su dueño, que enrollaba la soga con movimientos febriles para volverlo lanzar, pero ésta vez tratando de pegarle con la afilada punta de acero a otro trompo, para sacarlo de circulación, partirlo a la mitad o destrozarle un costado para dejarlo inservible.
Este objetivo no siempre era fácil, porque todos recubríamos nuestro trompos con láminas de latas, toperoles y clavos de cabeza ancha justamente para evitar que este ataque feroz nos dejara sin participar. Pero algunas púas lograban penetrar estos obstáculos y en cada juego no eran menos de tres o cuatro los trompos que quedaban inutilizados para siempre..
El juego no terminaba hasta que no quedara en juego solo un trompo. Los demás iban retirándose de a poco. Sea porque nuestros padres nos llamaban a comer si era el mediodía o las onces tipo cinco de la tarde, ya porque aparecía una callampa, una trompa acorazada y gigantesca cuyo mayor peso indudablemente iba a destrozar a los otros más pequeños y era mejor retirarse que quedar eliminado y sin trompo.

Este juego nos apasionaba y había trompos famosos e indestructibles, que por imaginación e ingenio de sus fabricantes siempre resultaban vencedores. Estos trompos tenían su ceremonia de bautizo y tenían nombres muy pomposos como Quijote, Emperador, Invencible, etc. y eran objeto de importantes transacciones. Venían muchachos de otros barrios e incluso localidades adyacentes a comprarlos o más bien a ofrecer un trueque por ellos. Podía ser un cachorro de perro o gato, alguna buena honda de mango de hierro o una cámara de auto importada de goma roja, que era el mejor material, el más resistente de donde salían los mejores elásticos para fabricar las hondas, o bien, lo que era muy apreciado un arco hechizo con sus respectivas flechas, todo construído artísticamente, con buena madera tallada, con las puntas de flechas reforzadas con un encamisamiento metálico.
No era raro otro tipo de trueques como comprometerse a no perseguir, lease conquistar a determinada niña que a uno le gustaba. Ceder una polola o presentar a una hermana, provocando una primera cita.
Los juegos de mi tiempo eran fenomenales.
FOTO DE MI PADRE DE JOVEN. LA UNICA QUE CONSERVO.
En estas reflexiones la pregunta que me asalta es, ¿qué consideraba yo importante en ese tiempo?. Pienso que fueron los sucesos, el resúmen de las cosas rutinarias que me gustaban o me desagradaban. El ir de compras a la pulpería con mi madre, donde yo sacaba disimuladamente dos o tres huesillos de los sacos rotos por donde asomaban tentadores, los correazos de mi padre cuando llegaba ebrio en las noches, la mala nota de la prueba de aritmética, los trozos de charqui de caballo que subrepticiamente sacaba de la despensa , el permiso para andar en bicicleta, para elevar mi volantín chupete, en fin las cosas sobresalientes del día a día.Bien, ahora que ya no soy un muchacho ni mucho menos, mis reflexiones me han llevado a fijar y recordar en detalle aquellas vivencias. Me acuerdo nítidamente de los hitos que me marcaron como niño en mi relación parental, escolar, sentimental o fraternal, pero ahora también acuden a mi mente retazos de conversaciones triviales, con el Willy por ejemplo, cuando sentados en la acera opinábamos sobre boxeo, ya que su padre una década atrás había sido un cotizado deportista, campeón de algo, el famoso Peneca Rivera. Digo ésto porque el Willy me mostró los recortes que su padre atesoraba prolijamente archivados en un maletín en el entretecho de su casa, que como todas las viviendas de la calle Max Grissar, era aprovechado como desván.
Al igual que en mi casa, la familia Rivera accedía al lugar por una abertura en el cielo raso del baño, donde se colgaba una escala de mano. Si alguien retiraba la escalera no había forma de bajar. De ahí que este estrecho y largo cuartucho, generalmente emparedado con planchas de madera terciada para que no resultara tan inhóspito y que se prolongaba a lo largo de toda la vivienda, fuera muy usado para los castigos, además de servir para guardar los trastos.
Allí me confinaban mis padres cuando cometía diabluras y todos mis amigos compartían esta misma experiencia en sus casas. Si no era allí, era en la temida carbonera, pieza hechiza al fondo del patio generalmente anexa al gallinero, donde se guardaban los sacos de carbón de piedra y la madera de eucalipto para la chimenea y la cocina a leña.
En esos tiempos, todas las casas tenían una gran cocina de fierro forjado que funcionaba en base a fuego. Se prendía con madera y sobre los trozos incandescentes de ésta se colocaban las piedras de carbón negro de la mina de Lirquén cercana. Las carboneras eran para nosotros lo que para los reos la celda de castigo.
Ubicadas al fondo de patio, sumergidas en la oscuridad, ya que hasta allí no llegaba claridad del escaso alumbrado público de ese entonces, era para nosotros un destino insufrible. Cuántas veces mi padre me arrastró hasta allí tironeándome de una oreja, a trompicones por el jardín para lanzarme con una patada bien puesta en el poto entre los sacos de carbón, poniendo luego candado por fuera al cobertizo.
Sentado en la oscuridad, sollozando, sintiendo el ulular del frío viento del invierno sureño, había que esperar que pasase el mal humor de mi viejo, generalmente bajo la presión contemporizadora de mi madre, para que el castigo no excediera de tres o cuatro horas o toda la noche como ocurría a veces.
Con el tiempo este castigo dejó de ser temible, especialmente porque de a poco fuí perdiéndole el miedo a la oscuridad y a la soledad. Creo que incluso me resultaba entretenido, porque apenas aterrizaba en la negrura de la carbonera, siempre impelido por el certero puntapié de mi padre, me apresuraba a retirar un trozo de lata, que a manera de parche ocultaba un hueco, por donde me deslizaba al gallinero contiguo.
Allí se me quitaba la pena. Ya el gallo era mi regalón, lo mismo las dos pavas y las dos docenas de gallinas que siempre había en existencia, esperando ser cazueladas cualquier sábado, cuando se recibían visitas de la parentela o las amistades.
Yo mismo había construido con varas de eucalipto un entramado tipo escalera doble, de más de un metro de alto, que afirmado oblicuamente contra una de las paredes servía de posadero a todas las aves, ya que no dormían como yo pensaba dentro de los cajones que les habíamos acomodado y de donde cada mañana retirábamos los huevos recién puestos.
En los primeros tiempos mi presencia espantaba a las gallinas. Gritaban y corrían aleteando desaforadas por el recinto chocando con los obstáculos mientras el señor gallo me rodeaba amenazante, con las alas abiertas tratando de picotearme. Pero, luego se acostumbraron a verme por allí y me recibían como otro miembro más del gallinero.
Yo me acomodaba entre los palos, cuidando de no pegotearme con caca de gallina que es sumamente pasosa e iba tomando de su atril una a una mis gallinas favoritas, poniéndomelas en los hombros, mi regazo, mis piernas y sobre la cabeza, acariciándolas. En eso me entretenía y realmente gozaba la compañía de mis tiernos plumíferos que se acurrucaban contra mí, ponían sus cabezas bajo las alas y se dormían, mientras yo combatía los calambres y los dolores que me producía el mantenerme quieto tantas horas.
Mucha gente nunca me creyó cuando yo contaba esta historia, me decían que no era posible que una gallina se parase en la testa de un humano. He buscado algunos ejemplos o más bien fotografías para despejar definitivamente las dudas de quienes piensan de esta manera. AQUÍ VA UNA.
Siempre que me juntaba a solas con el Willy hablábamos del mismo tema. Ibamos a su casa y me mostraba recortes del VEA, de la Revista Estadio, del Diario El Sur de Concepción, del Almanaque de Ferrocarriles del Estado, donde mencionaban los triunfos boxeriles de su padre, sus giras, sus títulos de campeón. Y yo creo que el Willy lo hacía para que le tomásemos respeto y no nos metiésemos con él, para que no lo desafiáramos a pelear, para hacernos creer que así como su papá él también era un gran peleador. Pero eso no le resultaba porque todos los del barrio sabíamos que la Tola, su hermana mayor, cuando se peleaba a combo limpio con él le ganaba, lo hacía huir y lo dejaba llorando.La Tola era dentro de la población muy solicitada. Todos querían pololear con ella. Andar con ella, salir con ella. Digo los cabros más grandes, como el Ugenio, o el Colorao, que era un primo del Willy, que junto a su padre, el Colorao grande, se alojaba una o dos veces al año en su casa, para las fiestas del 18 de septiembre y en Pascua.
Nosotros admirábamos a esta pareja de padre e hijo. No tan solo porque venían de Santiago, sino porque ambos vestían terno y porque eran vendedores y se dedicaban a los negocios. Fabricaban y vendían un producto casero inventado por ellos. Desinfectante para los urinarios.
Yo recuerdo que el Guillermo y yo, siempre que podíamos, les sacábamos de sus maletines de viaje muestras del producto. Unas barritas azuladas que expelían muy buen olor.
Yo se las ponía a los floreros de la iglesia cuando oficiaba de sacristán, porque el olor de las flores y en especial del agua de los floreros me enfermaba hasta hacerme vomitar. Era la única forma de soportar sin náuseas las dos horas que pasaba cada domingo entre la iglesia y la sacristía, sea para prepararle las ropas de la liturgia al cura Fuentes, echarle incienso a los incensiarios colgantes que también me daban asco, hasta llegar a mitad de la misa a pasar el saco de la limosna entre los concurrentes que era fundamentalmente mi interés personal, ya que me las arreglaba para que a lo menos un peso se trasvasijara al bolsillo de perro de mis guardapeos. Eso me hacía felíz y me pagaba con creces todos los sinsabores y afanes dominicales porque me aseguraba la entrada para la matiné de la tarde.
Había otros acólitos que me hacían la competencia, el mundo Buhólzer, el Noly Careaga, hermano de la Rosita Careaga una de mis novias sempiternas. Claro que ella no siempre lo sabía. El Pichula Moreno, el Nono Bustos, el Fernando Pardo, hermano del vaca Pardo y varios otros, que vivían en la población refinera de los que no me acuerdo sus nombres, pero con quienes nos diputábamos el saco de la limosna para contarlo a solas en la sacristía.
A veces éramos dos los que corríamos la bolsita de género entre los fieles. Un óvulo para la vírgen.
Un óvulo para la virgen. Gracias, Dios se lo pague.
En esos años los pesos eran de cobre, de cobre chileno por supuesto y eran unas monedas grandes, muy cotizadas que alcanzaban para varias cosas. Da risa pensar ahora en un peso actual. No sirve casi para comprar nada, tal vez una pastilla.
Tener uno era como ser rico por un día: ticket de matiné y golosinas; chilenitos, mazapanes o un gran alfajor, quizás incluso una bilz. Un peso en el bolsillo pequeño ese de seguridad, de tapa y abotonado cerca de la ingle derecha de los pantalones de moda - los guardapeos- , de gruesa franela y elasticados en el tobillo era la muerte misma.
Ignoro que sienten ahora los peques cuando sus padres los llevan al cine. Frecuentemente los miro, me doy vuelta en mi butaca y ausculto sus rostros y trato de imaginarme sus pensamientos, sus sensaciones. Observo de reojo a mis hijos al lado mío, pero no puedo captar nada que me recuerde al estado emocional que nos identificaba a los niños de entonces.
Esa cara radiante, bobalicona pero inundada de felicidad, que hablaba por si sola de la fascinación que tenía para nosotros el cine y toda la parafernalia que rodeaba cada función. Todo era novedoso y hasta peligroso, como por ejemplo el acto de sentarse en la butaca.
No era solo cuestión de acomodarse, había que voltear el asiento y colocarse rápidamente encima antes de que merced a sus poderosos resortes de acero volviese a su lugar. Para los adultos no era problema porque lo sujetaban con una mano mientras se acomodaban para sentarse, pero para nosotros los niños era una especie de trampa fatal.
Si lo bajábamos y no nos sentábamos en el acto, ya no estaba el asiento y uno pasaba en banda directo al piso, ante las risas de los que se percataban. Lo peor era que no era facil pararse porque el piso de toda la platea era en pendiente y las hileras eran tan apretadas que para pasar entre dos filas había que hacerlo de lado. Por tanto cuando uno caía al piso rodaba e infaliblemente se colaba bajo la butaca delantera.
Estas vergonzosas caídas producían todo tipo de confusiones. Primero la alarma de los padres que se asustaban cuando uno desaparecía lanzando un grito. Después venía el tironeo para sacar al chico desde la incómoda posición en que estaba bajo los asientos. Ahora si la caída era cuando las luces estaban apagadas el bochorno crecía de proporciones y amenazaba con convertirse en tragedia, pués no faltaba la jovencita o la señora madura del asiento bajo el cual uno se encontraba, que al sentir un roce o los ruidos lanzaban un histérico chillido temiendo que algún malandrín intentaba robarles la cartera afirmada entre las piernas, o que algún degenerado les estaba corriendo mano.
Eso daba para que se prendieran las luces y los celadores te alumbrasen con los poderosos focos de sus linternas. Recobrada la calma y dadas las explicaciones venían los pellizcones de tus padres y la amenaza al oído con voz silibante.
Vas a ver lo que te va a pasar en la casa cabro de mierda, por hacernos pasar esta verguenza.
Lo más seguro era montarse rápidamente de rodillas arriba del asiento, sentarse al voleo y pese a que uno no alcanzaba a poner los pies en el piso, tratar de mantenerse bien equilibrado en el centro mismo, apretando firmemente ambos brazos de la butacona maldita. Y desde luego no bajarse más del asiento durante la función.
Los niños de hoy, al menos los de Australia, solo están preocupados de tragarse rápidamente una bolsa gigantesca de palomitas de maíz, bastante desabridas ya que aquí para felicidad de los comerciantes impera la restricción de la sal para todo tipo de comidas y de no voltear el también monstruoso vaso de Coca Cola en las cabezas de los de la fila de adelante. Si ésto ocurre, basta decir Sorry, que es como una palabra mágica. Te empujan escaleras abajo y el autor del desaguisado te mira hacia abajo y con ademán displicente solo dice Sorry. Te pegan un codazo, desde luego casual, que casi te destempla los dientes y la palabra es Sorry. Te atropella un imbécil descuidado y por mucho que estés aún obnubilado en el pavimento tratando de recobrar los sentidos, no dejas de oir a lo lejos, casi como un susurro que el viento arrastra, el grito del conductor lanzado por la ventanilla del auto, Soo-rryy mate.
Eso era lo único malo de ir al cine. El resto, que te compraban maní tostado, o un cucurucho de cartón de piñones hirviendo todavía, o castañas de esas harinosas y dulcecitas, o calugas Serrano de las más caras. Eso era miel sobre hojuelas.
Luego venía el suspenso de las luces. Se empezaban a apagar de a poco. Primero las de la galería y luego las de platea. Ya sabíamos que vendría el tremendo abucheo del público, apenas empezara el único noticiero del Teatro CRAV, uno de España, con bandas militares y muchos tambores y cornetas que ya todos nos sabíamos de memoria y que a pesar de ello producía muchas risas por ese hablar tan divertido de pronunciar las eses por zetas de los españoles.
En ese tiempo creíamos que el General Franco debía no solamente ser el Jefe de Estado de España sino que por lo que veíamos algo así como el Atilade las Uropas. El caudillo del universo porque en las escenas todo el mundo lo aplaudía, lo felicitaba, le arrojaban flores. Era emocionante el amor que el pueblo sentía por ese hombre de apariencia insignificante. No se comparaba con el recibimiento que en Chile se le entregaba al Presidente de la República.
Pasaron años antes que entendiéramos que los tiranos se rodean de cobardes genuflexos y aduladores para crear un ambiente de admiración y respeto, que el verdadero pueblo nunca ha sentido con sus verdugos.
En las tardes de los días de la semana, después del almuerzo y la siesta obligada de los mayores, se salía a la calle, con permiso o sin permiso.
La calle era para nosotros la vida misma. La calle y el bosque. Desde el mismo instante en que lográbamos salir de nuestras casas, que las sentíamos a esa hora como verdaderas prisiones, nos embargaba una especie de vértigo, de plena felicidad, de ganas de vivir aventuras.
El solo hecho de respirar el aire marino de Penco, de mirar el verdor de sus bosques de pinos que empezaban exactamente donde terminaba el patio de las casas de nuestra calle y se extendía por cientos de kilómetros hacia todos los lugares donde no estaba el mar, nos entregaba una sensación de poderío, de saber que no cualquiera podía encontrar los senderos del sotobosque virgen, con árboles cuyas ramas jamas nadie había podado y que llegaban hasta el mismo suelo, de salir ileso de los innumerables peligros que escondía, de caminar por sus intrincados laberintos donde generalmente nunca llegaba la luz del sol por la cerrazón de su ramaje.
Ese era nuestro territorio. Lo habíamos explorado cientos de veces, habíamos marcado los lugares por donde se era viable avanzar. Teníamos cada uno senderos abiertos a golpes de hacha por nosotros mismos hasta llegar a los cortafuegos, por donde se podía caminar y orientarse. También habíamos descubierto los pasadizos o huellas de los leñadores, de los que cortaban ramas de pino y sacaban piñas para venderlas a los que tenían chimeneas.
Conocíamos por donde entraban y se perdían los cuidadores de caballos y los vaqueros, que arreaban sus vacas lecheras buscando pastos tiernos, seguidos de sus perros maestros. De los cazadores de pájaros, que tendían sus trampas en los claros del bosque, cerca de las pozas de agua, de los maquis, de los multillares y la mora.
Sabíamos evadir a don Pará, el hosco y temible guardabosques, un huaso bruto que administraba los bosques de los fundos del sector. De Coihueco, de Cosmito, de la Refinería y de la Fábrica de Loza, entre otros, quien con cinco perros perdigueros, una escopeta de doble cañón del doce, grandes espuelas y un rebenque para domeñar a su caballo percherón, era como un azote infernal del que había que huir, disimularse en la copa de los árboles, encharcarse en las ciénagas o correr desaladamente por los senderos existentes hasta casa, para no ser olidos y perseguidos por los perros de su jauría.
De él se contaban historias terribles en el pueblo. Que tenía pacto con el diablo, que él y sus perros eran los responsables de varias muertes de gente encontrada en los bosques despedazados por las aves y animales, que los pacos temían encontrarse con él, que no había nadie que pudiera voltearlo de su caballo en una pelea o en un rodeo.
Años después, supimos por una información de prensa aparecida en el Diario El Sur de Concepción, que había sido detenido por incesto al ser denunciado por su esposa, una especie de bruja que a veces veíamos comprando en el mercado, que aseguró que su esposo violó y mantuvo como concubinas a sus cinco hijas, teniendo varios entenaos ( hijos) en ellas.
Nuestra intuición de muchachos, la convicción que On Pará era un mal bicho, cosa que nunca creyeron nuestros padres cuando les contábamos algunas aventuras, se vió plenamente confirmada con este suceso.
Sabíamos cazar con nuestras hondas y con nuestros conocimientos para hacer trampas para pájaros. Nuestra certera puntería, la calidad de nuestras armas de combate y el intenso entrenamiento diario nos hacía prácticamente infalibles...Aún ahora me admiro de como aprendimos tantas cosas, a comer del bosque, de sus animales, de sus aves, de sus productos naturales. Conocíamos todas las vertientes vírgenes, esos chorros de agua pura y helada que venía del centro de la tierra donde apagar la sed. Las lagunillas y los tranques escondidos en la soledad de los montes donde bañarnos. Sabíamos en que tipo de aguas podía haber cueros y sanguijuelas. Donde bebía la huiña y habitaban los coipos. Teníamos minas secretas de greda azul, de greda roja y de greda común, esa plomiza que está desnaturalizada por el contacto con la tierra virgen, de donde sacábamos el material para construir nuestros proyectiles, las bolitas de barro que amasábamos con las palmas de las manos hasta darles el tamaño y la esfericidad que acomodaba a las cuereras de nuestras hondas y que secábamos al calor del sol subrepticiamente en los techos de nuestras casas.
Sabíamos andar por la copa de los árboles y avanzar varias cuadras hasta traspasar el obstáculo que nos desviaba de nuestro destino: sectores bajos, montículos de matorrales muy tupidos de espinos, manchas de zarzamora silvestre, pinares antiguos de duras ramas entrelazadas donde no entraba el filo del hacha o los cuchillos, zonas pantanosas y peligrosas por los mosquitos y las espinas escondidas en el lecho fangoso.
A falta de lianas como las de la selva de Tarzán, otro de nuestros héroes, cortábamos de raíz las ramas de ciertos árboles, desde el suelo hasta una altura de más o menos quince metros, escogiendo los que estaban en la cima de un montículo o al pié de una profunda cañada y solo dejábamos una, la más gruesa y firme a una altura de diez metros. Allí amarrábamos una larga cuerda de cáñamo cuya procedencia era de las bodegas de la Fábrica Crav y en el terminal de la soga que llegaba a la altura de nuestras cabezas, le amarrábamos un palo de eucalipto tipo trapecio del que nos colgábamos y luego con un buen impulso literalmente volábamos alrededor del árbol, teniendo a nuestros pies el precipicio.
O bien, raleábamos las enmarañadas ramas de los pinos insignes, de pinares de treinta o cuarenta metros de altura donde moraban las cuncunas; la madre de culebra , el más grande de los coleópteros que conocíamos y estaba el área de apareamiento donde volaba la mantis religiosa y ahí construíamos un sendero aéreo de dos o tres cuadras en dos o más direcciones, que consistía en espacios sin ramaje que dejábamos a media altura de cada árbol, donde podíamos caminar erectos y avanzar sin grandes dificultades por las gruesas ramas comunicantes que dejábamos para el efecto, una más abajo para pisar y otra más arriba para afirmarnos, a no menos de veinte metros de altura. De más está decir que estas obras de ingeniería en que participábamos siete a diez integrantes de nuestro grupo, La Banda del Zorro nos tomaba varios meses donde cada cual pasaba peripecias y aventuras para sacar los cuchillos cocineros y el hacha con que se cocinaba y partía la leña en nuestras casas y no pocas caídas, rasmillones y sobre todo picadas de cuncuna que enronchaban por dos o tres días nuestras manos, cuello o rostro.

Mis hijos hoy son fanáticos de los juegos y entretenimientos caseros. Televisión, consolas de juego, cámaras, computador, etc. A pesar que tienen bicicleta, skaterboard y scooter casi no salen a la calle. A lo más a saltar y botear en la cama elástica del patio. El resto de su tiempo está dedicado a los juegos de armar interminables construcciones de piezas Lego, que inundan todos los rincones de la casa. De allí salen esos castillos, remedos de maquinarias pesadas, puentes, figuras monstruosas y seres espaciales que cada cierto tiempo van sufriendo transformaciones, sea porque nos hacen tropezar y quedan irreconocibles o porque sus piezas van a integrar la construcción de un nuevo mecano.
Pobres de mis hijos, que en esta cultura australiana nunca van a saber jugar a los juegos de antes que tantas emociones y satisfacciones nos proporcionaron a tantas generaciones. Jamás se les ocurriría construir un trompo casero, que después de mucho esfuerzo de cuchillo, limar y lijar aparecía de un trozo duro de buena madera importada. Yo tuve varios trompos, algunos los hice y los otros eran trofeos de guerra, producto de las apuestas acerca de cuál trompo era mejor.

El juego consistía en hacer sobre la tierra un círculo perfecto con la soguilla, de más o menos un metro y medio de circunsferencia y allí echar a correr los trompos. Diez, doce y hasta quince trompos de todos los portes y tamaños oscilaban zumbando sobre sus afiladas púas de acero fabricadas de gruesos clavos. Estos trompos de combate, como los llamábamos tenían una púa especial. Les habíamos sacado la original y puesto en su lugar un gran clavo de acero del más duro, el cual limábamos prolijamente para aguzar su punta. Teníamos otros trompos para entretenernos, para lanzarlo al aire y recibirlo en la palma de la mano, para hacer avanzar una moneda o una chapita, pero éste el de combate, era solo para este juego del ruedo.
El trompo que salía del círculo, sea porque rozaba con otro o perdía la fuerza de su giro, era rápidamente tomado por su dueño, que enrollaba la soga con movimientos febriles para volverlo lanzar, pero ésta vez tratando de pegarle con la afilada punta de acero a otro trompo, para sacarlo de circulación, partirlo a la mitad o destrozarle un costado para dejarlo inservible.
Este objetivo no siempre era fácil, porque todos recubríamos nuestro trompos con láminas de latas, toperoles y clavos de cabeza ancha justamente para evitar que este ataque feroz nos dejara sin participar. Pero algunas púas lograban penetrar estos obstáculos y en cada juego no eran menos de tres o cuatro los trompos que quedaban inutilizados para siempre..
El juego no terminaba hasta que no quedara en juego solo un trompo. Los demás iban retirándose de a poco. Sea porque nuestros padres nos llamaban a comer si era el mediodía o las onces tipo cinco de la tarde, ya porque aparecía una callampa, una trompa acorazada y gigantesca cuyo mayor peso indudablemente iba a destrozar a los otros más pequeños y era mejor retirarse que quedar eliminado y sin trompo.

Este juego nos apasionaba y había trompos famosos e indestructibles, que por imaginación e ingenio de sus fabricantes siempre resultaban vencedores. Estos trompos tenían su ceremonia de bautizo y tenían nombres muy pomposos como Quijote, Emperador, Invencible, etc. y eran objeto de importantes transacciones. Venían muchachos de otros barrios e incluso localidades adyacentes a comprarlos o más bien a ofrecer un trueque por ellos. Podía ser un cachorro de perro o gato, alguna buena honda de mango de hierro o una cámara de auto importada de goma roja, que era el mejor material, el más resistente de donde salían los mejores elásticos para fabricar las hondas, o bien, lo que era muy apreciado un arco hechizo con sus respectivas flechas, todo construído artísticamente, con buena madera tallada, con las puntas de flechas reforzadas con un encamisamiento metálico.
No era raro otro tipo de trueques como comprometerse a no perseguir, lease conquistar a determinada niña que a uno le gustaba. Ceder una polola o presentar a una hermana, provocando una primera cita.
Los juegos de mi tiempo eran fenomenales.
martes, 30 de enero de 2007
El Ugenio
No se vaya a creer que este vocablo se refiere a un ser mitológico o producto de la más ignota fantasía humana como son los genios del bien o del mal, o los pergenios que de seguro son los genios chicos. Y no me quiero extender más buscando similitudes porque a esta altura lo único que deseo es aclarar que mi intención es referirme a un antiguo camarada de aquellas correrías de la corta pero famosa calle Max Grissar allí en mi pueblo de Penco llamado Eugenio.
Ugenio le decíamos todos, con un dejo de respeto eso sí, porque de la cuadra y media que tenía de largo nuestra calle, con unas doce o trece casas en una sola hilera que corría tras la iglesia refinera, él era el mayor y también el más robusto. Esto significaba que a la hora de las rencillas pegaba más duro. También corría más fuerte cuando de arrancar se trataba, pero en verdad su principal característica era y fue siempre que las mujeres del grupo y aún las de otras cuadras andaban más con él que con ninguno de los otros de la pandilla del zorro, que era la nuestra, probablemente por ser Ugenio un muchachón de 15 años y la mayor parte de nosotros no más allá de diez u once. Tal vez es necesario aclarar, que en esos tiempos la palabra andar significaba lisa y llanamente pololear. Hoy le llaman pinchar o ligar.
En esos tiempos en toda la población de la CRAV, que era un recinto privado donde la empresa además de darle trabajo a la gente les proporcionaba casa, iglesia, clínica de primeros auxilios, pulpería, teléfono y otras regalías, existía también un servicio de seguridad conocido como celadores al mando del paco Leiva, un seco y grandote hombrón de hablar cáustico y directo, digamos sin pelos en la lengua, ex sargento de Carabineros y padre de uno de los integrantes de nuestra pandilla, el Lalo Leiva. Traigo ésto a colación, porque siempre tuvimos muchos problemas con estos pacos azules. No digo enfrentamientos porque en general ello supone que los miembros de dos bandos se enfrentan el uno al otro. En nuestro caso siempre nosotros éramos los que les dábamos la espalda mientras corríamos desalados escabulléndonos por los agujeros y pasadizos secretos que teníamos en los cercos o rejas de madera de nuestras viviendas, fuga que se debía a algúna vidriera, ampolleta de algún farol o rotura del cuero cabelludo de alguno de esos celosos guardianes de seguridad, por efecto de una piedra o bolita de greda de fabricación casera que eran nuestros proyectiles preferidos para nuestras hondas.
Supongo que todos saben lo que es una honda, ese artilugio compuesto de una horquilla de madera, provisto de elásticos que sirve para arrojar piedras. Digo ésto porque
en otras latitudes se la conoce bajo otros nombres: resortera, gomera, tirachinas, hulera, cata, tiragomas, lanzadera, etc.

Bueno, nosotros eramos expertos, no se me ocurre otra palabra, en el arte de confeccionar hondas y sus proyectiles y por supuesto eramos también eximios tiradores, con entrenamiento de tiempo completo.
No conozco la razón exacta de donde provino este culto a la honda, pero siento que nació con nosotros o quizás era anterior a nuestra generación, lo que no me parece extraño porque en esos años Penco era algo más que un villorrio y la mayor parte de la gente, las familias de los refineros y sus parientes que vivían en sectores aledaños y en cabreríos y áreas rurales como fundos, lecherías y aserraderos, practicaban la caza y también la pesca como medio de surtir vituallas para el hogar. Yo mismo, muchas veces llegué a mi casa con diez o doce aves, perdices, lloicas, tordos, tórtolas, zorzales y otros pajarracos que ese día se cruzaron en mi camino, o con un atado de nalcas, medio quintal de multillas o algún conejo.
Y no tan solo los niños usábamos honda, también los mayores, a tal grado que a todos nos enseñaron nuestros padres o hermanos mayores, no solo a fabricar buenas hondas y usarlas, sino a fabricar volantines, trompos, viradoras, chalanas , hilo envidriado, trampas para pajaritos, jaulas, matar y pelar gallinas, descuerar conejos y corderos, sacar camarones usando la mano como bomba en las inundadas vegas (potreros), las virtudes del ñache y la leche al pié de la vaca.
Pero bueno, a lo que iba es que Ugenio era el crédito de nuestra pandilla, era nuestro entrenador de honda. También sabía meter los goles en un partido, campeón por varios años de las carreras de ensacados que hacía el cura para el dieciocho de septiembre, varias veces ganador de la competencia del palo ensebado en los dieciocho de septiembre, pegarle a nuestros enemigos a quienes cuando reñíamos les anticipábamos: "te voy a echar al Ugenio" o ¡cuidadito que soy amigo del Ugenio,! etc.
Aprovecho aquí de mencionar algunos de los nombres estables de los componentes de la pandilla, ya que siempre había cambios porque las casas eran asignadas a otros obreros o empleados de la Crav y por lo tanto venían otros moradores. Los que más duramos allí fuimos el Mundo Buhólzer, el Ugenio Espinoza, el Lalo Leiva, el Peneca Rivera, el Vaca Pardo y yo.
Lo único que no nos gustaba del Ugenio, era que cuando jugábamos a la gallinita ciega o al escondite entre unos veinte muchachones, hermanos, primos y hermanos nuestros, entre dos postes de luz en la calle enfrente a nuestras casas, nos pedía contar hasta cien en vez de hasta diez como lo hacíamos siempre mientras él se escondía con alguna de las cabras. Nos aburríamos llamándole pero nunca lo encontrábamos y a veces ya terminado el juego como a las diez de la noche, hora en que nuestras mamás empezaban a los gritos para que nos entráramos recién venía a aparecer. Bueno, él se lo perdía.
En general Ugenio nunca nos decepcionó.
Un día se fué de la casa. Su padre que era un borrachín impenitente, le dió una paliza que Ugenio no quiso aceptar. Era común ver al padre de Ugenio persiguiéndolo por el patio de su casa o por la vereda de enfrente con un ancho cinturón enrollado en su diestra, con la hebilla brillando en cada giro del brazo asestándole correazos donde cayera.
El hecho es que Ugenio, de la noche a la mañana desapareció.
Nosotros escuchábamos de nuestras madres, en la iglesia, en la pulpería, en la clínica o en el barrio, las diversas copuchas que corrían acerca del destino de nuestro amigo. Que lo habían internado en un seminario. Que se había subido de pavo a un barco mercante. Que lo habían visto pidiendo limosna en las calles de Concepción. Que era campanillero de una casa de putas. No, que era marino y que estaba de huachimán en la temida Escuela de la Isla Quiriquina, donde su padre lo tenía internado...
Pasaron un par de años y ya casi habíamos olvidado a nuestro amigo cuando de pronto un rumor fue acrecentándose en la sociedad refinera y extendiéndose por el pueblo, que era todo el resto de la comuna de Penco. El Ugenio era actor y había filmado una película.
Pero lo formidable fué que no era un rumor. Era cierto.
Lo confirmaba el cartel en la marquesina del único Teatro del pueblo, el Teatro CRAV, por supuesto. En grandes letras de colores el afiche anunciaban una función especial para Penco, en homenaje a que uno de sus artistas Eugenio Espinoza, era oriundo de la zona.
El nombre de esta película chilena era EL GRAN CIRCO CHAMORRO, había causado sensación en los medios de prensa chilenos y estaba focalizada en la historia de un modesto circo de los tantos que recorrían el país, contándose sus miserias, aventuras y alegrías. Su trama era que el dueño del circo había hecho grandes esfuerzos y sacrificios para que su hijo fuese a la universidad y se recibiera de médico. A poco andar el orgulloso padre descubre que su hijo lo engaña y que no está estudiando.

Lo bonito de toda esta historia es que efectivamente el protagonista de este suceso que conmovía a Penco de punta a cabo era nuestro Ugenio. Nosotros sentíamos que un poco de esta fama también nos alcanzaba y no podíamos ocultar nuestra satisfacción cuando tocábamos el tema. No queríamos perdernos la función por ningún motivo y todos los de la pandilla se las arreglaron para asegurarse de estar presentes en este magno acontecimiento.
El día de la esperada función, el pequeño Teatro Crav, con modestas acomodaciones para unas trescientas personas, fué inundado por una muchedumbre que copó todas las entradas de Sábado y Domingo en sucesivas tandas de matiné, vermouth y noche y las filas de la gente que requería boletos era muy superior a su real capacidad.
Yo fuí con la pandilla al cine, a la matiné del Domingo. No tocamos entradas en platea, o eran tan caras que nuestros padres no nos dieron plata, pero fuimos a galiche. Para que se tenga una idea de las instalaciones del cine, diré que la platea estaba arriba, en la parte alta. Ello por razones muy lógicas.
Si la galería hubiese estado atrás, es decir, si los atorrantes, gañanes, mandaderos, obreros, pescadores y pelusas, que eran los clientes habituales de la galería hubiesen estado ubicados en la parte alta como era costumbre en los cines de categoría, los profesionales y empleados de la industria, sus familias y todos aquellos con complejo de encopetados, que eran los que podían pagar platea, habrían estado a merced de las pequeñas venganzas y envidias pueblerinas y habrían facil blanco de los proyectiles que eran habituales en el teatro CRAV, donde era lícito vender castañas y piñones calientitos, churros españoles, avellanas tostadas , choclos cocidos, sanguches de tocino, maltas y pilseners, maní tostado con cáscara y apancoras cocidas.
Aún así, en los cortes de luz o en las escenas donde la pantalla se oscurecía y por lo tanto el anfiteatro quedaba como boca de lobo, era facil escuchar un ¡ ay ! seguido de una risotada colectiva. El ¡ ay ! lo profería alguien de la platea cuando un proyectil se estrellaba en su frente y la risa corría por cuenta de la galería. Por eso, siempre había cuatro celadores de seguridad provistos con poderosas linternas pagados por la administración de la empresa, para que en estos casos usaran sus reflectores para evitar estos desmanes y desde luego había dos parejas de carabineros una en cada puerta de acceso de la galería para aprehender a los facinerosos y sacar de la sala a los palomillas que se dejaban sorprender, los que recibían un aplauso de simpatía del público cuando los verdes se los llevaban a tirones, que contrastaba con la rechifla generalizada que merecía la actuación de la autoridad.
La platea estaba compuesta por una doble corrida de butacas gemelas de madera que dejaban un pasillo al medio. Había ocho corridas de doce asientos. La galería era solo un gran espacio cerca del telón que en la parte trasera donde había un murete que lo separaba de la platea, se podía encontrar tres o cuatro corridas de bancas como las de las iglesias. El resto de la gallada, tenía que sentarse en el suelo porque parados no dejaban ver a los de atrás.
Allí, nuestra banda del zorro, con todos sus once miembros presentes, todos hombres, de la que en aquel entonces yo era su jefe, mirábamos emocionados a nuestro alrededor, diciéndoles a quien quería escucharnos que el Ugenio era integrante de Los Zorros, llamados así en homenaje a la serie La Marca del Zorro, que era nuestro héroe. Por supuesto la zeta era nuestro distintivo y cuando guerréabamos en las peleas entre bandas, nos las pintábamos con carbón de madera en la frente. Ese día, en forma excepcional, en parte porque nos daba verguenza usarla en el teatro y en parte porque sabíamos que recibiríamos la reprimienda de nuestros papás, la teníamos bien tiznada en la palma de la mano derecha y cada vez que saludábamos lo hacíamos con esta mano en alto para que se viera la Zeta.
Allá atrás, en la primera fila de la platea invitados por el Administrador del cine, estaban sentados muy elegantes, de terno negro el padre y traje sastre plomo la madre de Ugenio, ambos bastante entrados en kilos y por ende sentados en el borde de la butaca, pués los brazos de la misma impedía que sus voluminosos traseros penetraran hasta el respaldo. Lo curioso era que ninguno de ellos dejaba de llorar. Lo hacían escandalosamente, con gesto compungido, con hipos, con los párpados hinchados. Las lágrimas no cesaban de correr por sus mejillas y sus pañuelos de bolsillo estaban de estrujarlos.
Nosotros no atinábamos a saber si ese lloriqueo era de remordimiento por las palizas que propinaban a su hijo o de alegría por saber que estaba bien, es decir vivo y famoso. La cuestión era que la pareja era el foco de atención de varios cientos de ojos pertenecientes a cabezas que miraban hacia el mismo lado.
De vez en cuando algunos pasaban frente a ellos y le tendían sus manos felicitándolos. Otros más efusivos palmoteban la espalda del papá de Ugenio y muchos les gritaban palabras de simpatía de distintos sectores, en especial de la galería. Sobre todo la madre de nuestro amigo era la más regaloneada ya que sus enormes brazos no podían contener los paquetitos que cada persona que los saludaba les regalaba. No era ningún misterio saber que contenían. Era lo que los vendedores ambulantes ofrecían a la entrada del edificio. Y la mamá del Ugenio, quizás por agradecimiento o simplemente por glotonería no solo lloraba, sino que masticaba y probaba del contenido de cada paquetito, enjugándose las lágrimas ahora con un movimiento de su antebrazo, pero sin darle tregua a la mandíbula.
De pronto, un ensordecedor ruido nos hizo movernos a todos los presentes al unísono, como si arrancásemos, como hacíamos con los temblores. Pero pronto identificamos que ese estruendo era más armónico y provenía de un tambor mayor tocado por un miembro de la banda de los boy scouts de Penco. Fue un solo de tambor como en los circos, seguido de un vozarrón empalagoso que salía del altoparlante del cine que anunciaba : Y ahora, con ustedes, nuestro invitado de honor Eeeeeugenioooo Espinoooozaaaaa. Aquí está con nosotros este hombre noble, hijo de este pueblo, un chileno como pocos, que ha querido venir a saludarlos en persona. Brindémosle nuestro cariño, digámosle como lo queremos. Démosle un fuerte aplauso a nuestro héroe.
Lo que siguió es innenarrable, no por sorprendente sino por la gran cantidad de cosas que ocurrieron al mismo tiempo. Otros dos scouts abrieron las cortinas rojas que cubrían el telón que servía de pantalla, con lo que ahora se sumaron a la sonajera interminable de aplausos los aullidos de emoción de las chiquillas y sus madres y el zapateo sincopado del público contra el suelo que amenazaba con derrumbar la gran tarima donde estaba montado el escenario.
Pero lo mejor, o lo peor según el gusto de cada cual, fue la tupida cortina de objetos que surcaban el aire. Por un momento creí que era challa y serpentina, hasta que divisé tardíamente un sombrero de varón que cayó justo en mi cara y luego un gorro de visera, que también me golpeó el rostro, no sin antes hacerle el quite a un paraguas que no alcancé a recoger para a mi vez tirarlo como hice con los objetos anteriores. Fue sin duda un bonito espectáculo, muy original, pese a que algunos con un gusto pésimo arrojaban además de las prendas que sacaban al vecino, gruesas cáscaras de sandía, zapatos, cholgas e incluso como ví después en el suelo conchas de loco, todas las cuales por supuesto que damnificaron a varios asistentes, que al final de la función lucían un ojo en tinta, una ceja sangrante o se sobaban contritos alguna parte de su anatomía que había sido blanco de estos proyectiles.
De pronto las luces se apagaron y un reflector alumbró el escenario. Allí algo se movía, algo como un columpio que casi rozaba el piso. A medida que iba subiendo y ganando altura nos dimos cuenta que era un trapecio. Vino entonces otro poderoso haz de luz, no blanca como la anterior sino ahora amarilla y allí, bajo su reflejo, dorado, imponente, como un dios griego estaba el mismísimo Ugenio.
Ugenio.Ugenio.Ugenio aullaba la gente. Yo y seguramente todos los miembros de la banda del Zorro, estábamos pasmados, inmóviles y seguramente con la boca totalmente abierta de asombro.
En medio del escenario y lanzando al aire el trapecio con una mano para darle impulso, Ugenio lucía su pelo cobrizo engominado y peinado a lo Carlos Gardel. Su figura esbelta pero musculosa, enfundada en un traje color oro apegado al cuerpo, no se parecía para nada al compañero de correrías que todos conocíamos.
Nada había del mozalbete desgreñado, tupido en pecas y con un rebelde y sempiterno mechón de pelo castaño sobre la frente. Ya no lucía ese húmedo zurco mucoso que desde su naríz pugnaba siempre por invadir la comisura de su boca y que cuando ya estaba por conseguirlo, él lo absorbía con maestría, volviéndolo a su cubil, como a un animal amaestrado. El que estabamos viendo era otro Eugenio.
De un agil movimiento vimos a Eugenio y al trapecio empinarse en el aire hasta alcanzar una altura temeraria. Allí sentado en su gran columpio, dándose impulso, Ugenio miraba sonriente hacia su público y todos le llamábamos, lo saludábamos, le gritábamos nuestro nombre para que a su vez nos saludase. Ugenio, aquí estamos los zorros le decíamos al unísono, pero él parecía no escucharnos.
De improviso lanzó su cuerpo al vacío y un grito de terror se escuchó en la sala. Falsa alarma, Ugenio estaba boca abajo, agarrado de los tobillos a los lados de su trapecio. Luego, le dió máxima velocidad a su impulso y se paró en el travesaño con sus manos en las caderas, equilibrándose, ignorando la fuerza de gravedad, desafiante como un torero, sin inmutarse ante el peligro de caerse desde esa altura. Era un digno miembro de nuestra pandilla. Un zorro de verdad.
Después de esta corta exhibición y otros quince minutos de bla-bla del presentador invisible y unas palabras de Ugenio que casi nadie escuchó por la algarabía existente, menos nosotros que no nos perdíamos frase, empezó la película. Por supuesto, quizás por los nervios, éste olvidó mencionar a sus amigos del barrio ni se acordó que era integrante fundador de nuestra famosa pandilla, lo que desde luego nos dolió mucho.
Que puedo decir de la función de esa memorable tarde. En verdad muy poco. Que la película era estupenda y me hizo llorar, que el Ugenio solo aparece dos veces, una tocando el tambor en un enfoque que se hace a la banda del circo, unos diez segundos y luego otros diez en el trapecio . Y eso fue todo.
En honor a la verdad, hasta nosotros nos dimos cuenta que el Ugenio nunca tuvo un rol protagónico, ni actuó ni dijo una palabra en la película. Con los años logramos diferenciar lo que son los artistas protagonistas de aquellos que son los extras, los que hacen de relleno en las escenas.
La cinta cuyo director fue el estupendo cineasta José Bohr, que adaptó un argumento del incomparable humorista peruano avencindado en el país Eugenio Retes, quien fue el real protagonista de este film, contó entre las figuras estelares a varios artistas muy en boga en aquellos años, como Malú Gatica, Doris Guerrero, Pepe Guixé, Rafael Frontaura, Gerardo Grez, Juan Leal, Eduardo Gamboa, Iris del Valle, Elsa Villa, Rolando Caicedo y muchos otros, todos quienes permanecerán para siempre en la bitácora de los grandes de nuestro cine chileno, no solo porque sus figuras quedaron registradas en forma indeleble en el celuloide, sino porque permanecerán por siempre en el corazón de todos los amantes del buen cine.
Esa tarde, los integrantes de la pandilla, de la mano o del brazo de sus progenitores como se acostumbraba, íbamos silenciosos y seguramente algo frustrados de regreso a nuestros hogares. Fuimos a ver al Ugenio pensando que sería el héroe, el jovencito de la peli y la verdad es que casi ni lo divisamos. De no ser por las exclamaciones de la gente en las dos ocasiones que apareció y que gritaban: ahí está, ahí está, no nos habríamos percatado.
La cuestión fué que nunca más volvimos a ver al Ugenio, sea porque siguió su vida circense, que obliga a ir de pueblo en pueblo, o porque nunca se reconcilió con su familia. Yo no recuerdo haberle visto después.
Lo que sí recuerdo son los comentarios y las especulaciones que nos hacíamos en reuniones de la banda, con los amigos de la escuela y en conversaciones que escuchábamos de los adultos, donde la tónica era que la fama se le subió a la cabeza al Ugenio. Que ya no se acordaba de su pueblo; porque a pesar de que quedó claro que no era un actor, de todas maneras era el único ser vivo que conocíamos que había participado en un film y su estela de héroe estaba un tanto deshojada, pero igual tenía una aureola de gloria, al menos para su pandilla.
Por ello, nuestra conclusión en el tiempo fue perdonarlo, tanto porque era nuestro amigo como porque ya sabíamos por las revistas que llegaban a nuestras manos, el Ecran, el Vea y otras, que los artistas de cine eran así; que se volvían estrafalarios y que como abundaban en la riqueza gustaban de rodearse solo de gente tan famosa e importante como ellos.
He pensado muchas veces en este Eugenio que formó parte de mi fanatasiosa vida infantil. Me he preguntado que fué de su vida, si continuó en el circo o siguió el destino de todos los muchachos de mi tiempo que no tuvieron mucha educación. Tal vez se casó y tuvo hijos. Ojalá haya sido felíz.
De lo que sí estoy seguro es que no llegó a ser actor de cine.
Ugenio, si estás vivo y todavía andas por ahí ubícame. Ya sabes, yo soy el Pin.
Ugenio le decíamos todos, con un dejo de respeto eso sí, porque de la cuadra y media que tenía de largo nuestra calle, con unas doce o trece casas en una sola hilera que corría tras la iglesia refinera, él era el mayor y también el más robusto. Esto significaba que a la hora de las rencillas pegaba más duro. También corría más fuerte cuando de arrancar se trataba, pero en verdad su principal característica era y fue siempre que las mujeres del grupo y aún las de otras cuadras andaban más con él que con ninguno de los otros de la pandilla del zorro, que era la nuestra, probablemente por ser Ugenio un muchachón de 15 años y la mayor parte de nosotros no más allá de diez u once. Tal vez es necesario aclarar, que en esos tiempos la palabra andar significaba lisa y llanamente pololear. Hoy le llaman pinchar o ligar.
En esos tiempos en toda la población de la CRAV, que era un recinto privado donde la empresa además de darle trabajo a la gente les proporcionaba casa, iglesia, clínica de primeros auxilios, pulpería, teléfono y otras regalías, existía también un servicio de seguridad conocido como celadores al mando del paco Leiva, un seco y grandote hombrón de hablar cáustico y directo, digamos sin pelos en la lengua, ex sargento de Carabineros y padre de uno de los integrantes de nuestra pandilla, el Lalo Leiva. Traigo ésto a colación, porque siempre tuvimos muchos problemas con estos pacos azules. No digo enfrentamientos porque en general ello supone que los miembros de dos bandos se enfrentan el uno al otro. En nuestro caso siempre nosotros éramos los que les dábamos la espalda mientras corríamos desalados escabulléndonos por los agujeros y pasadizos secretos que teníamos en los cercos o rejas de madera de nuestras viviendas, fuga que se debía a algúna vidriera, ampolleta de algún farol o rotura del cuero cabelludo de alguno de esos celosos guardianes de seguridad, por efecto de una piedra o bolita de greda de fabricación casera que eran nuestros proyectiles preferidos para nuestras hondas.
Supongo que todos saben lo que es una honda, ese artilugio compuesto de una horquilla de madera, provisto de elásticos que sirve para arrojar piedras. Digo ésto porque
en otras latitudes se la conoce bajo otros nombres: resortera, gomera, tirachinas, hulera, cata, tiragomas, lanzadera, etc.

Bueno, nosotros eramos expertos, no se me ocurre otra palabra, en el arte de confeccionar hondas y sus proyectiles y por supuesto eramos también eximios tiradores, con entrenamiento de tiempo completo.
No conozco la razón exacta de donde provino este culto a la honda, pero siento que nació con nosotros o quizás era anterior a nuestra generación, lo que no me parece extraño porque en esos años Penco era algo más que un villorrio y la mayor parte de la gente, las familias de los refineros y sus parientes que vivían en sectores aledaños y en cabreríos y áreas rurales como fundos, lecherías y aserraderos, practicaban la caza y también la pesca como medio de surtir vituallas para el hogar. Yo mismo, muchas veces llegué a mi casa con diez o doce aves, perdices, lloicas, tordos, tórtolas, zorzales y otros pajarracos que ese día se cruzaron en mi camino, o con un atado de nalcas, medio quintal de multillas o algún conejo.
Y no tan solo los niños usábamos honda, también los mayores, a tal grado que a todos nos enseñaron nuestros padres o hermanos mayores, no solo a fabricar buenas hondas y usarlas, sino a fabricar volantines, trompos, viradoras, chalanas , hilo envidriado, trampas para pajaritos, jaulas, matar y pelar gallinas, descuerar conejos y corderos, sacar camarones usando la mano como bomba en las inundadas vegas (potreros), las virtudes del ñache y la leche al pié de la vaca.
Pero bueno, a lo que iba es que Ugenio era el crédito de nuestra pandilla, era nuestro entrenador de honda. También sabía meter los goles en un partido, campeón por varios años de las carreras de ensacados que hacía el cura para el dieciocho de septiembre, varias veces ganador de la competencia del palo ensebado en los dieciocho de septiembre, pegarle a nuestros enemigos a quienes cuando reñíamos les anticipábamos: "te voy a echar al Ugenio" o ¡cuidadito que soy amigo del Ugenio,! etc.
Aprovecho aquí de mencionar algunos de los nombres estables de los componentes de la pandilla, ya que siempre había cambios porque las casas eran asignadas a otros obreros o empleados de la Crav y por lo tanto venían otros moradores. Los que más duramos allí fuimos el Mundo Buhólzer, el Ugenio Espinoza, el Lalo Leiva, el Peneca Rivera, el Vaca Pardo y yo.
Lo único que no nos gustaba del Ugenio, era que cuando jugábamos a la gallinita ciega o al escondite entre unos veinte muchachones, hermanos, primos y hermanos nuestros, entre dos postes de luz en la calle enfrente a nuestras casas, nos pedía contar hasta cien en vez de hasta diez como lo hacíamos siempre mientras él se escondía con alguna de las cabras. Nos aburríamos llamándole pero nunca lo encontrábamos y a veces ya terminado el juego como a las diez de la noche, hora en que nuestras mamás empezaban a los gritos para que nos entráramos recién venía a aparecer. Bueno, él se lo perdía.
En general Ugenio nunca nos decepcionó.
Un día se fué de la casa. Su padre que era un borrachín impenitente, le dió una paliza que Ugenio no quiso aceptar. Era común ver al padre de Ugenio persiguiéndolo por el patio de su casa o por la vereda de enfrente con un ancho cinturón enrollado en su diestra, con la hebilla brillando en cada giro del brazo asestándole correazos donde cayera.
El hecho es que Ugenio, de la noche a la mañana desapareció.
Nosotros escuchábamos de nuestras madres, en la iglesia, en la pulpería, en la clínica o en el barrio, las diversas copuchas que corrían acerca del destino de nuestro amigo. Que lo habían internado en un seminario. Que se había subido de pavo a un barco mercante. Que lo habían visto pidiendo limosna en las calles de Concepción. Que era campanillero de una casa de putas. No, que era marino y que estaba de huachimán en la temida Escuela de la Isla Quiriquina, donde su padre lo tenía internado...
Pasaron un par de años y ya casi habíamos olvidado a nuestro amigo cuando de pronto un rumor fue acrecentándose en la sociedad refinera y extendiéndose por el pueblo, que era todo el resto de la comuna de Penco. El Ugenio era actor y había filmado una película.
Pero lo formidable fué que no era un rumor. Era cierto.
Lo confirmaba el cartel en la marquesina del único Teatro del pueblo, el Teatro CRAV, por supuesto. En grandes letras de colores el afiche anunciaban una función especial para Penco, en homenaje a que uno de sus artistas Eugenio Espinoza, era oriundo de la zona.
El nombre de esta película chilena era EL GRAN CIRCO CHAMORRO, había causado sensación en los medios de prensa chilenos y estaba focalizada en la historia de un modesto circo de los tantos que recorrían el país, contándose sus miserias, aventuras y alegrías. Su trama era que el dueño del circo había hecho grandes esfuerzos y sacrificios para que su hijo fuese a la universidad y se recibiera de médico. A poco andar el orgulloso padre descubre que su hijo lo engaña y que no está estudiando.

Lo bonito de toda esta historia es que efectivamente el protagonista de este suceso que conmovía a Penco de punta a cabo era nuestro Ugenio. Nosotros sentíamos que un poco de esta fama también nos alcanzaba y no podíamos ocultar nuestra satisfacción cuando tocábamos el tema. No queríamos perdernos la función por ningún motivo y todos los de la pandilla se las arreglaron para asegurarse de estar presentes en este magno acontecimiento.
El día de la esperada función, el pequeño Teatro Crav, con modestas acomodaciones para unas trescientas personas, fué inundado por una muchedumbre que copó todas las entradas de Sábado y Domingo en sucesivas tandas de matiné, vermouth y noche y las filas de la gente que requería boletos era muy superior a su real capacidad.
Yo fuí con la pandilla al cine, a la matiné del Domingo. No tocamos entradas en platea, o eran tan caras que nuestros padres no nos dieron plata, pero fuimos a galiche. Para que se tenga una idea de las instalaciones del cine, diré que la platea estaba arriba, en la parte alta. Ello por razones muy lógicas.
Si la galería hubiese estado atrás, es decir, si los atorrantes, gañanes, mandaderos, obreros, pescadores y pelusas, que eran los clientes habituales de la galería hubiesen estado ubicados en la parte alta como era costumbre en los cines de categoría, los profesionales y empleados de la industria, sus familias y todos aquellos con complejo de encopetados, que eran los que podían pagar platea, habrían estado a merced de las pequeñas venganzas y envidias pueblerinas y habrían facil blanco de los proyectiles que eran habituales en el teatro CRAV, donde era lícito vender castañas y piñones calientitos, churros españoles, avellanas tostadas , choclos cocidos, sanguches de tocino, maltas y pilseners, maní tostado con cáscara y apancoras cocidas.
Aún así, en los cortes de luz o en las escenas donde la pantalla se oscurecía y por lo tanto el anfiteatro quedaba como boca de lobo, era facil escuchar un ¡ ay ! seguido de una risotada colectiva. El ¡ ay ! lo profería alguien de la platea cuando un proyectil se estrellaba en su frente y la risa corría por cuenta de la galería. Por eso, siempre había cuatro celadores de seguridad provistos con poderosas linternas pagados por la administración de la empresa, para que en estos casos usaran sus reflectores para evitar estos desmanes y desde luego había dos parejas de carabineros una en cada puerta de acceso de la galería para aprehender a los facinerosos y sacar de la sala a los palomillas que se dejaban sorprender, los que recibían un aplauso de simpatía del público cuando los verdes se los llevaban a tirones, que contrastaba con la rechifla generalizada que merecía la actuación de la autoridad.
La platea estaba compuesta por una doble corrida de butacas gemelas de madera que dejaban un pasillo al medio. Había ocho corridas de doce asientos. La galería era solo un gran espacio cerca del telón que en la parte trasera donde había un murete que lo separaba de la platea, se podía encontrar tres o cuatro corridas de bancas como las de las iglesias. El resto de la gallada, tenía que sentarse en el suelo porque parados no dejaban ver a los de atrás.
Allí, nuestra banda del zorro, con todos sus once miembros presentes, todos hombres, de la que en aquel entonces yo era su jefe, mirábamos emocionados a nuestro alrededor, diciéndoles a quien quería escucharnos que el Ugenio era integrante de Los Zorros, llamados así en homenaje a la serie La Marca del Zorro, que era nuestro héroe. Por supuesto la zeta era nuestro distintivo y cuando guerréabamos en las peleas entre bandas, nos las pintábamos con carbón de madera en la frente. Ese día, en forma excepcional, en parte porque nos daba verguenza usarla en el teatro y en parte porque sabíamos que recibiríamos la reprimienda de nuestros papás, la teníamos bien tiznada en la palma de la mano derecha y cada vez que saludábamos lo hacíamos con esta mano en alto para que se viera la Zeta.
Allá atrás, en la primera fila de la platea invitados por el Administrador del cine, estaban sentados muy elegantes, de terno negro el padre y traje sastre plomo la madre de Ugenio, ambos bastante entrados en kilos y por ende sentados en el borde de la butaca, pués los brazos de la misma impedía que sus voluminosos traseros penetraran hasta el respaldo. Lo curioso era que ninguno de ellos dejaba de llorar. Lo hacían escandalosamente, con gesto compungido, con hipos, con los párpados hinchados. Las lágrimas no cesaban de correr por sus mejillas y sus pañuelos de bolsillo estaban de estrujarlos.
Nosotros no atinábamos a saber si ese lloriqueo era de remordimiento por las palizas que propinaban a su hijo o de alegría por saber que estaba bien, es decir vivo y famoso. La cuestión era que la pareja era el foco de atención de varios cientos de ojos pertenecientes a cabezas que miraban hacia el mismo lado.
De vez en cuando algunos pasaban frente a ellos y le tendían sus manos felicitándolos. Otros más efusivos palmoteban la espalda del papá de Ugenio y muchos les gritaban palabras de simpatía de distintos sectores, en especial de la galería. Sobre todo la madre de nuestro amigo era la más regaloneada ya que sus enormes brazos no podían contener los paquetitos que cada persona que los saludaba les regalaba. No era ningún misterio saber que contenían. Era lo que los vendedores ambulantes ofrecían a la entrada del edificio. Y la mamá del Ugenio, quizás por agradecimiento o simplemente por glotonería no solo lloraba, sino que masticaba y probaba del contenido de cada paquetito, enjugándose las lágrimas ahora con un movimiento de su antebrazo, pero sin darle tregua a la mandíbula.
De pronto, un ensordecedor ruido nos hizo movernos a todos los presentes al unísono, como si arrancásemos, como hacíamos con los temblores. Pero pronto identificamos que ese estruendo era más armónico y provenía de un tambor mayor tocado por un miembro de la banda de los boy scouts de Penco. Fue un solo de tambor como en los circos, seguido de un vozarrón empalagoso que salía del altoparlante del cine que anunciaba : Y ahora, con ustedes, nuestro invitado de honor Eeeeeugenioooo Espinoooozaaaaa. Aquí está con nosotros este hombre noble, hijo de este pueblo, un chileno como pocos, que ha querido venir a saludarlos en persona. Brindémosle nuestro cariño, digámosle como lo queremos. Démosle un fuerte aplauso a nuestro héroe.
Lo que siguió es innenarrable, no por sorprendente sino por la gran cantidad de cosas que ocurrieron al mismo tiempo. Otros dos scouts abrieron las cortinas rojas que cubrían el telón que servía de pantalla, con lo que ahora se sumaron a la sonajera interminable de aplausos los aullidos de emoción de las chiquillas y sus madres y el zapateo sincopado del público contra el suelo que amenazaba con derrumbar la gran tarima donde estaba montado el escenario.
Pero lo mejor, o lo peor según el gusto de cada cual, fue la tupida cortina de objetos que surcaban el aire. Por un momento creí que era challa y serpentina, hasta que divisé tardíamente un sombrero de varón que cayó justo en mi cara y luego un gorro de visera, que también me golpeó el rostro, no sin antes hacerle el quite a un paraguas que no alcancé a recoger para a mi vez tirarlo como hice con los objetos anteriores. Fue sin duda un bonito espectáculo, muy original, pese a que algunos con un gusto pésimo arrojaban además de las prendas que sacaban al vecino, gruesas cáscaras de sandía, zapatos, cholgas e incluso como ví después en el suelo conchas de loco, todas las cuales por supuesto que damnificaron a varios asistentes, que al final de la función lucían un ojo en tinta, una ceja sangrante o se sobaban contritos alguna parte de su anatomía que había sido blanco de estos proyectiles.
De pronto las luces se apagaron y un reflector alumbró el escenario. Allí algo se movía, algo como un columpio que casi rozaba el piso. A medida que iba subiendo y ganando altura nos dimos cuenta que era un trapecio. Vino entonces otro poderoso haz de luz, no blanca como la anterior sino ahora amarilla y allí, bajo su reflejo, dorado, imponente, como un dios griego estaba el mismísimo Ugenio.
Ugenio.Ugenio.Ugenio aullaba la gente. Yo y seguramente todos los miembros de la banda del Zorro, estábamos pasmados, inmóviles y seguramente con la boca totalmente abierta de asombro.En medio del escenario y lanzando al aire el trapecio con una mano para darle impulso, Ugenio lucía su pelo cobrizo engominado y peinado a lo Carlos Gardel. Su figura esbelta pero musculosa, enfundada en un traje color oro apegado al cuerpo, no se parecía para nada al compañero de correrías que todos conocíamos.
Nada había del mozalbete desgreñado, tupido en pecas y con un rebelde y sempiterno mechón de pelo castaño sobre la frente. Ya no lucía ese húmedo zurco mucoso que desde su naríz pugnaba siempre por invadir la comisura de su boca y que cuando ya estaba por conseguirlo, él lo absorbía con maestría, volviéndolo a su cubil, como a un animal amaestrado. El que estabamos viendo era otro Eugenio.
De un agil movimiento vimos a Eugenio y al trapecio empinarse en el aire hasta alcanzar una altura temeraria. Allí sentado en su gran columpio, dándose impulso, Ugenio miraba sonriente hacia su público y todos le llamábamos, lo saludábamos, le gritábamos nuestro nombre para que a su vez nos saludase. Ugenio, aquí estamos los zorros le decíamos al unísono, pero él parecía no escucharnos.
De improviso lanzó su cuerpo al vacío y un grito de terror se escuchó en la sala. Falsa alarma, Ugenio estaba boca abajo, agarrado de los tobillos a los lados de su trapecio. Luego, le dió máxima velocidad a su impulso y se paró en el travesaño con sus manos en las caderas, equilibrándose, ignorando la fuerza de gravedad, desafiante como un torero, sin inmutarse ante el peligro de caerse desde esa altura. Era un digno miembro de nuestra pandilla. Un zorro de verdad.
Después de esta corta exhibición y otros quince minutos de bla-bla del presentador invisible y unas palabras de Ugenio que casi nadie escuchó por la algarabía existente, menos nosotros que no nos perdíamos frase, empezó la película. Por supuesto, quizás por los nervios, éste olvidó mencionar a sus amigos del barrio ni se acordó que era integrante fundador de nuestra famosa pandilla, lo que desde luego nos dolió mucho.
Que puedo decir de la función de esa memorable tarde. En verdad muy poco. Que la película era estupenda y me hizo llorar, que el Ugenio solo aparece dos veces, una tocando el tambor en un enfoque que se hace a la banda del circo, unos diez segundos y luego otros diez en el trapecio . Y eso fue todo.
En honor a la verdad, hasta nosotros nos dimos cuenta que el Ugenio nunca tuvo un rol protagónico, ni actuó ni dijo una palabra en la película. Con los años logramos diferenciar lo que son los artistas protagonistas de aquellos que son los extras, los que hacen de relleno en las escenas.
La cinta cuyo director fue el estupendo cineasta José Bohr, que adaptó un argumento del incomparable humorista peruano avencindado en el país Eugenio Retes, quien fue el real protagonista de este film, contó entre las figuras estelares a varios artistas muy en boga en aquellos años, como Malú Gatica, Doris Guerrero, Pepe Guixé, Rafael Frontaura, Gerardo Grez, Juan Leal, Eduardo Gamboa, Iris del Valle, Elsa Villa, Rolando Caicedo y muchos otros, todos quienes permanecerán para siempre en la bitácora de los grandes de nuestro cine chileno, no solo porque sus figuras quedaron registradas en forma indeleble en el celuloide, sino porque permanecerán por siempre en el corazón de todos los amantes del buen cine.
Esa tarde, los integrantes de la pandilla, de la mano o del brazo de sus progenitores como se acostumbraba, íbamos silenciosos y seguramente algo frustrados de regreso a nuestros hogares. Fuimos a ver al Ugenio pensando que sería el héroe, el jovencito de la peli y la verdad es que casi ni lo divisamos. De no ser por las exclamaciones de la gente en las dos ocasiones que apareció y que gritaban: ahí está, ahí está, no nos habríamos percatado.
La cuestión fué que nunca más volvimos a ver al Ugenio, sea porque siguió su vida circense, que obliga a ir de pueblo en pueblo, o porque nunca se reconcilió con su familia. Yo no recuerdo haberle visto después.
Lo que sí recuerdo son los comentarios y las especulaciones que nos hacíamos en reuniones de la banda, con los amigos de la escuela y en conversaciones que escuchábamos de los adultos, donde la tónica era que la fama se le subió a la cabeza al Ugenio. Que ya no se acordaba de su pueblo; porque a pesar de que quedó claro que no era un actor, de todas maneras era el único ser vivo que conocíamos que había participado en un film y su estela de héroe estaba un tanto deshojada, pero igual tenía una aureola de gloria, al menos para su pandilla.
Por ello, nuestra conclusión en el tiempo fue perdonarlo, tanto porque era nuestro amigo como porque ya sabíamos por las revistas que llegaban a nuestras manos, el Ecran, el Vea y otras, que los artistas de cine eran así; que se volvían estrafalarios y que como abundaban en la riqueza gustaban de rodearse solo de gente tan famosa e importante como ellos.
He pensado muchas veces en este Eugenio que formó parte de mi fanatasiosa vida infantil. Me he preguntado que fué de su vida, si continuó en el circo o siguió el destino de todos los muchachos de mi tiempo que no tuvieron mucha educación. Tal vez se casó y tuvo hijos. Ojalá haya sido felíz.
De lo que sí estoy seguro es que no llegó a ser actor de cine.
Ugenio, si estás vivo y todavía andas por ahí ubícame. Ya sabes, yo soy el Pin.
sábado, 27 de enero de 2007
Yo soy Pencón de nacimiento.
Bien veo que la palabra pencón se presta para malas interpretaciones. Y no es raro porque cualquiera podría pensar que viene de penca, que es también como se denomina al miembro viril. Por lo tanto la acepción natural sería pencón. Pero no es así. Digo que soy pencón porque nací y me crié en la ciudad de Penco.
Creo que es importante aclarar la diferencia entre pencones y penquistas, que en el fondo vienen a ser como primos hermanos. Pero para ello debemos remontarnos un poco en la historia de Chile, más bien a los inicios de nuestra historia como país, a esa etapa conocida como la conquista.
Primero hay que decir que Penco proviene de la voz Mapudungún, lengua de los indígenas mapuches que significa Agua de Peumo, que bien examinado viene a ser una especie de bebida refrescante de esos tiempos, algo así como la Coca Cola de nuestros días, solo que era agua con extracto de corteza de Peumo, arbol que debe haber proliferado en la zona y que de seguro era una bebida popular en aquellos días, solo asi se explica que esta palabra llegue a nuestros oídos.
He buscado en el diccionario y he venido a caer en cuenta que el peumo no es sino el boldo, la variedad del peumo que se da en Chile. Por lo tanto, se trata más bien de una bebida medicinal, la famosa aguita de boldo, que se dice tiene propiedades para calmar el estreñimiento y los dolores de panza. Yo he tomado esa infusión y en los cerros de mi pueblo coseché muchas veces matas de boldo que comíamos a puñados, como lo hacíamos con el maqui, con el fruto del copihue, con la mora, con la olorosa multilla, con el coihue y otros frutos rastreros como la nalca que crecía en zonas pantanosas, la callampa común bajo el alero de los pinos insignes, las frutillas silvestres y los changles, sin omitir los frutos de las piñas del pino, que caen al golpearlas contra el suelo.
La cuestión es que don Pedro de Valdivia fundó Concepción del Nuevo Extremo el 5 de Octubre 1550, ciudad que vió interrumpido su crecimiento por un feroz terremoto-maremoto acaecido el 25 de Mayo de 1751. Un verdadero tsunami que sepultó parte de la ciudad bajo el mar, se adentró al interior de la bahía barriendo a su paso gran parte de las construcciones y sembrando el pánico en la población.
Esto determinó que ante el clamor de la gente, las autoridades convocaran a un Cabildo donde se decidió trasladar la ciudad al Valle de la Mocha, entre los ríos Andalién y Bíobío lo que se materializó el 2 de Noviembre de 1764.
Años después Penco fue repoblado y volvió a establecerse allí una Villa que pasó a ser una ciudad conocida ahora como Penco y sus habitantes con el gentilicio de pencones.
Para diferenciarse de ellos, los habitantes de Concepción pasaron a ser penquistas.
Por eso digo, que yo soy pencón de nacimiento.
Creo que es importante aclarar la diferencia entre pencones y penquistas, que en el fondo vienen a ser como primos hermanos. Pero para ello debemos remontarnos un poco en la historia de Chile, más bien a los inicios de nuestra historia como país, a esa etapa conocida como la conquista.
Primero hay que decir que Penco proviene de la voz Mapudungún, lengua de los indígenas mapuches que significa Agua de Peumo, que bien examinado viene a ser una especie de bebida refrescante de esos tiempos, algo así como la Coca Cola de nuestros días, solo que era agua con extracto de corteza de Peumo, arbol que debe haber proliferado en la zona y que de seguro era una bebida popular en aquellos días, solo asi se explica que esta palabra llegue a nuestros oídos.
He buscado en el diccionario y he venido a caer en cuenta que el peumo no es sino el boldo, la variedad del peumo que se da en Chile. Por lo tanto, se trata más bien de una bebida medicinal, la famosa aguita de boldo, que se dice tiene propiedades para calmar el estreñimiento y los dolores de panza. Yo he tomado esa infusión y en los cerros de mi pueblo coseché muchas veces matas de boldo que comíamos a puñados, como lo hacíamos con el maqui, con el fruto del copihue, con la mora, con la olorosa multilla, con el coihue y otros frutos rastreros como la nalca que crecía en zonas pantanosas, la callampa común bajo el alero de los pinos insignes, las frutillas silvestres y los changles, sin omitir los frutos de las piñas del pino, que caen al golpearlas contra el suelo.
La cuestión es que don Pedro de Valdivia fundó Concepción del Nuevo Extremo el 5 de Octubre 1550, ciudad que vió interrumpido su crecimiento por un feroz terremoto-maremoto acaecido el 25 de Mayo de 1751. Un verdadero tsunami que sepultó parte de la ciudad bajo el mar, se adentró al interior de la bahía barriendo a su paso gran parte de las construcciones y sembrando el pánico en la población.
Esto determinó que ante el clamor de la gente, las autoridades convocaran a un Cabildo donde se decidió trasladar la ciudad al Valle de la Mocha, entre los ríos Andalién y Bíobío lo que se materializó el 2 de Noviembre de 1764.
Años después Penco fue repoblado y volvió a establecerse allí una Villa que pasó a ser una ciudad conocida ahora como Penco y sus habitantes con el gentilicio de pencones.
Para diferenciarse de ellos, los habitantes de Concepción pasaron a ser penquistas.
Por eso digo, que yo soy pencón de nacimiento.
domingo, 31 de diciembre de 2006
De aquí a Penco
Hay un dicho muy famoso en Chile, dice: *Eso está más lejos que ir a Penco*. O bien: *De aquí a Penco*.
Y por si alguien no lo sabe o no lo tiene claro Penco existe. Es o más bien era cuando yo era niño un pequeño pueblo, más bien una caleta con pretensiones de pueblo, ubicado a doce kilómetros de la capital de la provincia del mismo nombre, Concepción.
En ese entonces vivíamos en la población de la Refinería de Azúcar conocida como CRAV. (Compañía Refinería Azúcar Viña del Mar), porque a pesar de estar ubicada en Penco, la casa matríz de la empresa estaba en Viña del Mar, ámbas ahora inexistentes.
Yo recuerdo muy nítidamente nuestra primera casa en la calle Max Grissar No. 11, justo detrás de la capilla refinera de la población donde fui bautizado. Como no hacerlo si allí viví no solo mis primeros años sino que fue el sitio donde desperté a la vida real. A la de las peleas callejeras, las pichangas de fútbol, las pandillas y las guerras a pedradas entre los miembros de las bandas y grupos nacidos en diferentes calles y pasajes, a tener los primeros camaradas, amoríos, confidentes y cómplices de mil pilatunadas.
La Capilla CRAV era muy especial. No sé si aún existe o que transformaciones han ocurrido en el sector, pero en ese tiempo era el eje central de la vida pueblerina de ese recinto privado donde solo vivían obreros, empleados y ejecutivos de la empresa.
Enclavada en un montículo, su campanario dominaba todas las calles circundantes y los altoparlantes enclavados en la parte alta de su techumbre llevaban la santa misa a todos los rincones. Era un verdadero espectáculo ver como a golpe de campanadas, los fieles devotos precedidos por los más beatos desfilaban como ovejas tras el cencerro hacia su blanca e imponente estructura.
Ya en ese entonces me decían el Pin. Pincito o Pin Puentes. Y no recuerdo que eso me llamara nunca la atención, hasta los 21 años más o menos, en que me costó asimilar que me nombrasen como Enrique.
Tampoco supe nunca de dónde derivó ese apodo que me acompañó tantos años. Una versión que recogí de mi madre que lo contó cuando se lo preguntaron años después fue que así me había bautizado un capitán de barco mercante, el capitán Gómez, la vieja Gómez como recuerdo le decían, que creo que fué mi padrino de bautizo, que visitaba a mis padres cuando su barco recalaba en el muelle de Lirquén y a quien traté por muchos años. Otra versión, mal intencionada que seguramente oí de mis primos es que me decían así por tener la cabeza muy chica.
Nuestro vecino, el cura Fuentes, Eduardo Fuentes si no me equivoco visitaba a menudo nuestra casa. Era un cura de la vieja guardia, de esos con sotana abrochada al frente con cien botones. Hombre alegre y campechano no desperdiciaba ocasión de juntarse con sus amigos, echarse unos cuantos tragos y armar una mesa de póker. Casó a mis padres y nos bautizó a todos nosotros. El también me decía Pin.
Con los años lo encontré en muchos lugares impensados; jugando a los naipes en el coche dormitorio del tren Concepción Santiago. Almorzando en el Club Peruano en la capital, en el mercado de Chillán comiendo un mariscal y la última vez en el mismo Penco, cuando después de casi quince años de faltar llevé a mi primera esposa a visitar la iglesia, enterándome que otra vez el cura Fuentes era su párroco.
Pedí hablar con él sin mencionar mi nombre y una antigua criada me hizo pasar a su despacho. Allí estaba el sacerdote, de tal vez ochenta años de edad, pequeño y casi ciego, siempre tras sus lentes de poto de botella. Sin embargo sus primeras palabras fueron Tú eres el Pin...
Mis primeras letras las hice en la Escuela Básica No.69, número que no olvidaría jamás porque me marcó para siempre. Y ello no es solo una frase retórica, ya que a pesar que en ese entonces era un niño, ese halo sensual que se desprende de este número misterioso no dejaba de crear en nuestra mente fantasías eróticas, por mucho que quizás no entendiésemos muy bien la explicación que al respecto corría entre los condiscípulos.
La cuestión era que en esos años una de nuestras maestras era una joven y bella mujer que nos tenía a todos enamorados, digo a profesores y alumnos, tanto por su dulce voz y sonrisa angelical, como porque usaba a veces unas faldas cortas y anchas que mostraban sin desenfado sus hermosas piernas. Siempre he pensado, que nuestra maestra usaba sus encantos como un arma de disuasión contra el desorden y la indisciplina.
Cuando ella se sentaba en su alta silla frente a la clase, treinta y seis pares de ojos no abandonaban su entrepierna y el silencio era fantasmal. Al menor desorden o bullicio, caía su tiza y ella la recogía con parsimonia dándonos la espalda. Era algo formidable, casi una clase de anatomía. Nos gustaba la Escuela y no faltábamos a ella aunque nos desollaran. Posiblemente fue en ese tiempo que desarrollé ese espíritu de concentración y disciplina que aún me acompaña.
La Escuela tenía una especie de subterráneo que corría a todo lo largo de mi sala de clases y era sagrado entre algunos de nosotros esperar que tocasen la campana anunciando que terminaba el recreo, para irnos a la carrera al oscuro túnel y atisbar por las hendijas de las tablas las piernas, los calzones y anatomía de nuestra profesora cuando penetraba a la clase. La consecuencia era que llegábamos siempre atrasados y aún trémulos de emoción por las espectaculares vistas que apreciábamos desde ese sitio oscuro y frío que contrastaba con la luminosidad de nuestra sala allá arriba.
Así fué como quedé marcado. Sabiendo que iba atrasado, tropecé con unos antiguos tarros de pintura ya oxidados amontonados en un rincón, produciéndoseme un aparatoso corte que sangraba a mares, cuya cicatríz de más o menos siete centímetros aún conservo en la rodilla derecha. Me curó en el policlínico la enfermera Marta Stowans, amiga de la familia, admirable mujer que ya en ese entonces poseía un halo de samaritana que pocas veces he vuelto a encontrar.
De la Escuela No. 69 conservo el recuerdo de Guacolda, mi bella profesora que aun permanece en mi memoria y mi antigua cicatríz que con el tiempo ha ido moviéndose encontrándose ahora tres o cuatro centímetros por arriba de donde estaba. Esto nunca ha dejado de preocuparme y cada ciertos años calculo la distancia recorrida, pero creo que me moriré antes que avance hasta meterse tras el calzoncillo.
Y por si alguien no lo sabe o no lo tiene claro Penco existe. Es o más bien era cuando yo era niño un pequeño pueblo, más bien una caleta con pretensiones de pueblo, ubicado a doce kilómetros de la capital de la provincia del mismo nombre, Concepción.
En ese entonces vivíamos en la población de la Refinería de Azúcar conocida como CRAV. (Compañía Refinería Azúcar Viña del Mar), porque a pesar de estar ubicada en Penco, la casa matríz de la empresa estaba en Viña del Mar, ámbas ahora inexistentes.
Yo recuerdo muy nítidamente nuestra primera casa en la calle Max Grissar No. 11, justo detrás de la capilla refinera de la población donde fui bautizado. Como no hacerlo si allí viví no solo mis primeros años sino que fue el sitio donde desperté a la vida real. A la de las peleas callejeras, las pichangas de fútbol, las pandillas y las guerras a pedradas entre los miembros de las bandas y grupos nacidos en diferentes calles y pasajes, a tener los primeros camaradas, amoríos, confidentes y cómplices de mil pilatunadas.
La Capilla CRAV era muy especial. No sé si aún existe o que transformaciones han ocurrido en el sector, pero en ese tiempo era el eje central de la vida pueblerina de ese recinto privado donde solo vivían obreros, empleados y ejecutivos de la empresa.
Enclavada en un montículo, su campanario dominaba todas las calles circundantes y los altoparlantes enclavados en la parte alta de su techumbre llevaban la santa misa a todos los rincones. Era un verdadero espectáculo ver como a golpe de campanadas, los fieles devotos precedidos por los más beatos desfilaban como ovejas tras el cencerro hacia su blanca e imponente estructura.
Ya en ese entonces me decían el Pin. Pincito o Pin Puentes. Y no recuerdo que eso me llamara nunca la atención, hasta los 21 años más o menos, en que me costó asimilar que me nombrasen como Enrique.
Tampoco supe nunca de dónde derivó ese apodo que me acompañó tantos años. Una versión que recogí de mi madre que lo contó cuando se lo preguntaron años después fue que así me había bautizado un capitán de barco mercante, el capitán Gómez, la vieja Gómez como recuerdo le decían, que creo que fué mi padrino de bautizo, que visitaba a mis padres cuando su barco recalaba en el muelle de Lirquén y a quien traté por muchos años. Otra versión, mal intencionada que seguramente oí de mis primos es que me decían así por tener la cabeza muy chica.
Nuestro vecino, el cura Fuentes, Eduardo Fuentes si no me equivoco visitaba a menudo nuestra casa. Era un cura de la vieja guardia, de esos con sotana abrochada al frente con cien botones. Hombre alegre y campechano no desperdiciaba ocasión de juntarse con sus amigos, echarse unos cuantos tragos y armar una mesa de póker. Casó a mis padres y nos bautizó a todos nosotros. El también me decía Pin.
Con los años lo encontré en muchos lugares impensados; jugando a los naipes en el coche dormitorio del tren Concepción Santiago. Almorzando en el Club Peruano en la capital, en el mercado de Chillán comiendo un mariscal y la última vez en el mismo Penco, cuando después de casi quince años de faltar llevé a mi primera esposa a visitar la iglesia, enterándome que otra vez el cura Fuentes era su párroco.
Pedí hablar con él sin mencionar mi nombre y una antigua criada me hizo pasar a su despacho. Allí estaba el sacerdote, de tal vez ochenta años de edad, pequeño y casi ciego, siempre tras sus lentes de poto de botella. Sin embargo sus primeras palabras fueron Tú eres el Pin...
Mis primeras letras las hice en la Escuela Básica No.69, número que no olvidaría jamás porque me marcó para siempre. Y ello no es solo una frase retórica, ya que a pesar que en ese entonces era un niño, ese halo sensual que se desprende de este número misterioso no dejaba de crear en nuestra mente fantasías eróticas, por mucho que quizás no entendiésemos muy bien la explicación que al respecto corría entre los condiscípulos.
La cuestión era que en esos años una de nuestras maestras era una joven y bella mujer que nos tenía a todos enamorados, digo a profesores y alumnos, tanto por su dulce voz y sonrisa angelical, como porque usaba a veces unas faldas cortas y anchas que mostraban sin desenfado sus hermosas piernas. Siempre he pensado, que nuestra maestra usaba sus encantos como un arma de disuasión contra el desorden y la indisciplina.
Cuando ella se sentaba en su alta silla frente a la clase, treinta y seis pares de ojos no abandonaban su entrepierna y el silencio era fantasmal. Al menor desorden o bullicio, caía su tiza y ella la recogía con parsimonia dándonos la espalda. Era algo formidable, casi una clase de anatomía. Nos gustaba la Escuela y no faltábamos a ella aunque nos desollaran. Posiblemente fue en ese tiempo que desarrollé ese espíritu de concentración y disciplina que aún me acompaña.
La Escuela tenía una especie de subterráneo que corría a todo lo largo de mi sala de clases y era sagrado entre algunos de nosotros esperar que tocasen la campana anunciando que terminaba el recreo, para irnos a la carrera al oscuro túnel y atisbar por las hendijas de las tablas las piernas, los calzones y anatomía de nuestra profesora cuando penetraba a la clase. La consecuencia era que llegábamos siempre atrasados y aún trémulos de emoción por las espectaculares vistas que apreciábamos desde ese sitio oscuro y frío que contrastaba con la luminosidad de nuestra sala allá arriba.
Así fué como quedé marcado. Sabiendo que iba atrasado, tropecé con unos antiguos tarros de pintura ya oxidados amontonados en un rincón, produciéndoseme un aparatoso corte que sangraba a mares, cuya cicatríz de más o menos siete centímetros aún conservo en la rodilla derecha. Me curó en el policlínico la enfermera Marta Stowans, amiga de la familia, admirable mujer que ya en ese entonces poseía un halo de samaritana que pocas veces he vuelto a encontrar.
De la Escuela No. 69 conservo el recuerdo de Guacolda, mi bella profesora que aun permanece en mi memoria y mi antigua cicatríz que con el tiempo ha ido moviéndose encontrándose ahora tres o cuatro centímetros por arriba de donde estaba. Esto nunca ha dejado de preocuparme y cada ciertos años calculo la distancia recorrida, pero creo que me moriré antes que avance hasta meterse tras el calzoncillo.
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